Michael Hardin: Cómo leía su Biblia Jesús (parte 4 y final)

Detalle de “Cristo apareciendo a sus discípulos después de la resurrección”, de William Blake (c. 1803-5)

Cuarta parte y final de esta serie por Michael Hardin, autor del libro La vida impulsada por Jesús. Enlace original (en inglés) aquí. Disfruten.

Cómo leía su Biblia Jesús (parte 4)

por Michael Hardin

Si Dios habla a través de las Escrituras, y creo que Dios sí lo hace, ¿cómo debemos comprender a Dios hablando? Comienzo con varios criterios.

El primero es que en Jesús “habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9). Jesús es la figura que se revela el carácter del Padre (Hebreos 1:1-3, Juan 1:1-18, etc.)

El segundo es éste: Dios habla a través de vasos resquebrajados. El más grande de discurso/acción de Dios puede encontrarse en la cruz. Dios hizo su mejor trabajo en la cruz, reconciliando a la humanidad obstinada, ciega y rebelde al perdonar sus pecados.

La cruz es el mayor lugar de quebrantamiento de Dios. Es en este quebrantamiento que vemos con mayor claridad el afecto de Dios por la humanidad, un afecto o amor que recibe incluso malos juicios, tortura,  humillación y vergüenza, y todavía anuncia el perdón.

Pablo en 2 Corintios 4 dice que tenemos “este tesoro en vasos de barro”. Este tesoro es el evangelio (versículo 3). Si un vaso pudiera contener la luz, por ejemplo la luz del Evangelio, y fuera perfecto, entonces esa luz no se vería, ya que no tendría ningún lugar través del cual brillar. Si estuviera agrietado, entonces habría lugares para que la luz se filtrara y resplandeciera.

Para mí, la Escritura es como un vaso agrietado, es porque está agrietado que la luz es capaz de brillar. Si en nuestro resquebrajamiento Dios hace brillar su luz, en y a través de nosotros, ¿no podemos también afirmar lo mismo de los profetas y de los apóstoles? ¿No podemos decir que somos más parecidos a Dios, no cuando estamos completos sino cuando estamos resquebrajados? ¿No lo sugiere el Cuarto Evangelio (Juan) en su visión de la relación entre la “gloria” (dóxa) y la cruz?

En otras palabras, no necesitamos una teoría de la Escritura donde la Biblia deba ser perfecta para que Dios revele el ser de Dios.

Algunos pueden objetar y decir que si es así, ¿cómo distinguimos entre qué es “la palabra del hombre” y qué es “la Palabra de Dios?” Esto ya ha sido respondido al sugerir que la revelación viene a través de la voz de la víctima que perdona.

Es el Crucificado el que nos habla la palabra eterna: shalom. El perdón anunciado por Jesús en la cruz no es diferente del “shalom” anunciado por el Jesús Resucitado. Son las dos caras de una moneda. Dios está en paz con la humanidad.

Por esta razón, no veo la cruz como la evacuación de todos los conceptos de la ira divina, existencial y escatológica. No hubo ira de Dios derramada sobre Jesús en la cruz; la ira es estrictamente nuestra. Tampoco existe una ira escatológica, como si Dios se hubiera aliviado sólo en parte en la cruz, pero que luego se asegurará de dar rienda suelta a la ira santa en el Final.

La cruz es la muerte de todos nuestros conceptos de Dios, y nosotros los seres humanos somos los que, a través de la justificación de los chivos expiatorios, creemos que Dios es uno con nosotros cuando victimizamos. Después de todo, “Dios” victimizó a muchas personas y grupos de personas en el Antiguo Testamento.

Esta manera sacrificial de pensar es acabada por el anti-sacrificio de Jesús. La sangre de Jesús cubre nuestros pecados, no a través de alguna transacción divina, sino cuando levantamos nuestras manos manchadas de sangre y escuchamos la voz divina: “Están perdonados, todos y cada uno de ustedes, todos ustedes”.

Los escritores del Nuevo Testamento dicen que esto fue hecho “por nosotros” (hypèr hymôn), por nuestro bien, para nuestro beneficio. Esto es lo que afirma el Credo de Nicea cuando dice que Jesús “por nosotros los seres humanos y por nuestra salvación bajó del cielo”. Como dice Hebreos 10:5-8, esta venida no iba a ser un sacrificio sino lo contrario, era anti-sacrificial.

Jesús no vino a cumplir con la lógica del sistema de sacrificios (judío o pagano), sino a desenmascararlo y poner fin a su reinado en nuestras vidas.

La cruz de Cristo es el lugar de la revelación, la resurrección de Jesús es la reivindicación de esa revelación, y la ascensión, donde se da a Jesús el Nombre Impronunciable (Filipenses 2:5-11), es el lugar donde esa revelación es confirmada para siempre.

Esta es la buena noticia, este es el evangelio, y por eso confiamos en que Dios use nuestro quebrantamiento para hacer brillar su luz desde nuestras vidas hacia las vidas de otros, así como Dios usa el testimonio profético y apostólico resquebrajado para seguir haciendo brillar la luz sobre nosotros y para nosotros hoy en día.

¿Cómo podemos llegar a esta nueva forma de leer la Biblia? ¿Qué es lo que nos impide realmente ver, oír y experimentar la buena noticia? Qué nos mantiene en la esclavitud de nuestras viejas formas sacrificiales de pensar?

Es hora de denunciar el sistema interpretativo penitenciario en que se encuentra el cristianismo. Debemos discernir cuán “satánica” la interpretación sacrificial se manifiesta en nuestra teología. Así como una prisión tiene guardias o vigilantes, así también el cristianismo sacrificial tiene guardias que lo mantienen atado a la falsa lógica del sacrificio.

Es la revelación de la víctima resucitada lo que crea la posibilidad, hasta ahora imposible, de leer los textos fuera de la caja de nuestros mitos antropológicos y de la justificación de la venganza recíproca. Christopher Marshall también apunta a esta forma de entender nuestra transformada relación con Dios:

“El supuesto involucramiento de Dios en provocar la violencia ha terminado. Dios ya no combate el fuego con fuego. Dios ha cambiado o, quizás más exactamente, la experiencia humana de la asociación de Dios con la violencia ha cambiado. Dios ya no permite que su identidad se defina por la violencia; Dios rechaza activamente el comportamiento violento que ha ensombrecido hasta ahora su personaje, de manera que la duplicidad de la violencia en sí puede ser expuesta y derrotada”. [“The Violence of God and the Hermeneutics of Paul” in The Work of Jesus Christ in Anabaptist Perspective, Telford: Cascadia Publishing, 2008, 89].

Sugiero una correlación de la hermenéutica con la resurrección y el discipulado como los tres pies de un nuevo paradigma de la autoridad bíblica.

Esta lectura antropológica del texto es un nuevo paradigma formativo para la elaboración de los detalles de cómo la Biblia debe ser leída, comprendida y vivida dentro la comunión cristiana.

Se trata de un paradigma liberador pues se mueve más allá de los polémicos debates sobre la relación de la verdad con el lenguaje, y pone en primer plano el problema clave que ha empantanado a la iglesia desde Marción sobre la relación de la violencia con la divinidad.

El lente de la Cruz y la Resurrección de Jesús revela nuestro completo pecado y la completa gracia de Dios. Es un paradigma que exige algo más que el asentimiento intelectual; de hecho, requiere el riesgo de obedecer a Jesús para que, así como él es la Luz del mundo, así también nosotros, al escucharlo y seguirlo, podamos ser luz para nuestro mundo.


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