Cuatro características del apocalipticismo judío imprescindibles para entender a Jesús

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En una entrada anterior, se hablaba de la literatura “apocalíptica”, en esta (de la que ofrecemos la traducción) el especialista en Nuevo Testamento Bart Ehrman aborda las características centrales de la visión de mundo detrás de esa literatura: el apocalipticismo judío antiguo, compartido por esenios, fariseos, y, según el punto de vista principal entre los especialistas competentes, muy posiblemente por el mismo Jesús de Nazaret. Uno de los elementos que se mencionan (la visión dualista de la “era presente” y la “era por venir”) resultará de gran importancia para entregas futuras en este espacio (acerca del significado de “eterno” en el Nuevo Testamento), así que recomendamos especialmente su lectura. Esta columna fue publicada originalmente en ehrmanblog.com (enlace en inglés, aquí).

Las cuatro características que menciona su autor son las siguientes:

por Bart D. Ehrman

Dualismo

Los apocalipticistas judíos eran dualistas. Es decir, sostenían que había dos componentes fundamentales a toda la realidad: las fuerzas del bien y las fuerzas del mal. Las fuerzas del bien eran dirigidas por el mismo Dios, las fuerzas del mal por su enemigo sobrehumano, a veces llamado Satán, Belcebú, o el Diablo. En el lado de Dios estaban los ángeles buenos; en el lado del Diablo estaban los demonios. En el lado de Dios estaban la justicia y la vida; en el lado del Diablo estaban el pecado y la muerte. Estas eran fuerzas reales, poderes cósmicos a los que los seres humanos podían ser sujetados y con los que tenían que estar alineados. No había nadie en territorio neutral. La gente estaba, ya fuera con Dios o con Satanás, estaban en la luz o en la oscuridad, estaban en la verdad o en el error.

Este dualismo apocalíptico tenía claras implicaciones históricas. Toda la historia podía ser dividida en dos edades, la era actual y la era por venir. La era actual era la edad del pecado y del mal, cuando los poderes de la oscuridad estaban en ascendiente, cuando los que se ponían de parte de Dios eran hechos sufrir por quienes tenían el control de este mundo, cuando el pecado, la enfermedad, el hambre, la violencia y la muerte aumentaban sin parar. Por alguna razón desconocida, Dios había cedido el control de esta edad a los poderes del mal. Y las cosas estaban empeorando.

Al final de esta era, sin embargo, Dios se reafirmaría a sí mismo, interviniendo en la historia y destruyendo a las fuerzas del mal. Llegaría una ruptura catastrófica en la que todo lo que se oponía a Dios sería aniquilado, y Dios traería una nueva era. En esta nueva era no habría más sufrimiento o dolor; no habría más odio, desesperación, guerra, enfermedad ni muerte. Dios sería el gobernante de todo, en un reino que nunca terminaría.

Pesimismo

A pesar de que, a la larga, todo iba a salir para los que ponían de parte de Dios, en el corto plazo las cosas no se veían bien. Los apocalipticistas judíos mantenían que los que ponían de parte de Dios iban a sufrir en esta era, y no había nada que pudieran hacer para evitarlo. Las fuerzas del mal iban a crecer en poder, en su intento de arrebatar a Dios la soberanía sobre este mundo. Nadie pensaba en ser capaz de mejorar la condición humana a través de la educación de masas o de tecnologías avanzadas. El justo no podría hacer su vida mejor, porque las fuerzas del mal tenían el control, y a los que se ponían de parte de Dios se oponían aquellos que eran mucho más fuertes que ellos. Las cosas iban de mal en peor hasta el final, cuando, literalmente, todo el infierno estaba a punto de desatarse.

Vindicación

Pero al final, cuando el sufrimiento del pueblo de Dios estuviera en su apogeo, por fin Dios intervendría en su favor y reivindicaría su nombre. Porque en esta perspectiva, Dios no sólo era el creador de este mundo, era también su redentor. Y su reivindicación sería universal: afectaría al mundo entero, no sólo a la nación judía. Los apocalipticistas judíos sostenían que la creación entera se había corrompido a causa de la presencia del pecado y el poder de Satanás. Esta corrupción universal requería una redención universal; Dios iba a destruir todo lo que era malo y crearía un cielo nuevo y una tierra nueva, en la que las fuerzas del mal no tendrían cabida en absoluto.

Diferentes apocalipticistas tenían diferentes puntos de vista sobre cómo Dios traería consigo esta nueva creación, a pesar de que todos ellos afirmaron haber recibido los detalles de una revelación de Dios. En algunos escenarios apocalípticos, Dios iba a enviar un mesías humano para dirigir las tropas de los hijos de la luz en la batalla contra las fuerzas del mal. En otros, Dios iba a enviar una especie de juez cósmico de la tierra, a veces también llamado el mesías o el “Hijo del Hombre” para llevar a cabo una destrucción catastrófica de los poderes demoníacos que oprimían a los hijos de la luz.

Esta reivindicación definitiva implicaría un día de juicio para todas las personas. Los que se habían alineado con los poderes del mal enfrentarían al Juez Todopoderoso, y darían cuenta de lo que habían hecho; los que habían permanecido fieles al verdadero Dios sería recompensados e incluidos en su reino eterno. Por otra parte, este juicio no se aplica sólo a las personas que se encontraban viviendo en el tiempo del fin. Es decir, nadie debía pensar que él o ella podría aliarse con los poderes del mal, oprimir al pueblo de Dios, morir próspero y feliz, y así salirse con la suya. Dios no permitiría a nadie escapar. Él iba a levantar físicamente a todas las personas de entre los muertos, y ellas tendrían que enfrentar el juicio, dicha eterna para aquellos que habían tomado su lado, tormento eterno para todos los demás. Y no había nada que se pudiera hacer para detenerlo.

Inminencia

De acuerdo con los apocalípticos judíos, esta vindicación de Dios iba a ocurrir muy pronto. En la tradición de los profetas de la Biblia hebrea, los apocalipticistas mantenían que Dios les había revelado el curso de la historia, y que el final casi estaba aquí. Los que eran malos tenían que arrepentirse, antes de que fuera demasiado tarde. Los que eran buenos, que estaban sufriendo como resultado, tenían que resistir. Porque no pasaría mucho tiempo antes de que Dios interveniera, enviando un salvador —posiblemente en las nubes del cielo para juzgar la tierra— trayendo con él el reino bueno para aquellos que permanecieron fieles a su ley. De hecho, el final estaba a la vuelta de la esquina. En palabras de un apocalipticista judío del siglo primero: “En verdad os digo, hay algunos que están aquí que no probarán la muerte hasta que vean al reino de Dios llegar con poder”. En realidad, éstas son las palabras de Jesús (Marcos 9:1). O como dice en otra parte: “En verdad os digo, esta generación no pasará hasta que todo esto haya tenido lugar” (Marcos 13:30).

Nuestras primeras tradiciones sobre Jesús lo retratan como un apocalíptico judío que respondió a las crisis políticas y sociales de su época, incluyendo el dominio de su nación por una potencia extranjera, proclamando que su generación vivía al final de la era, que Dios pronto intervendría en favor de su pueblo enviando un juez cósmico de la tierra, el Hijo del Hombre, que destruiría las fuerzas del mal y establecería el reino de Dios. En preparación para su venida, el pueblo de Israel necesitaba arrepentirse y volver a Dios, confiando en él como un padre bondadoso y amándose unos a otros como sus hijos especiales. Los que se negaran a aceptar este mensaje serían responsable ante el juicio de Dios, que llegaría pronto con la venida del Hijo del Hombre.

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