Una interpretación del Apocalipsis de Juan – Ariel Álvarez Valdés

En posteos anteriores hemos visto que en la Biblia el género literario de apocalipsis no se refiere a cosas en el futuro distante de su autor, y que tanto el dispensacionalismo como la doctrina del “rapto” en realidad no tienen demasiado fundamento. ¿Cómo interpretar entonces el libro del Apocalipsis? Una de las muchas formas posibles es la que entrega a continuación el biblista argentino Ariel Álvarez Valdés. Enlace original aquí.

¿Cuándo se cumplirán las profecías del Apocalipsis?

Por Ariel Álvarez Valdés

Esperanzas de terror

Las profecías que anuncia el Apocalipsis para el fin de los tiempos son escalofriantes. Sangrientas persecuciones contra los cristianos; una Bestia feroz con siete cabezas y diez cuernos que atacará a los creyentes; una invasión de langostas gigantescas con cola de escorpión y dientes de león; sangre y fuego que caerán sobre la tierra para matar a una tercera parte de la humanidad; un enorme Dragón que buscará devorar a los fieles de Jesucristo; y por si esto fuera poco, terremotos, oscurecimiento del sol, caída de las estrellas, pestes, guerras, hambre, muerte y violencia a granel.

Con semejante panorama es lógico que los cristianos quieran saber cuándo sucederán estas calamidades. Por eso se intentó muchas veces, a lo largo de la historia, fijar la fecha de estos sucesos. Pero todos los intentos fracasaron. No obstante ello, cada tanto sigue apareciendo algún iluminado, o fundador de secta, o vidente que asegura que estamos viviendo ya los últimos tiempos. ¿Es cierto esto? ¿Podemos saber cuándo sucederán estos anuncios? Según el Apocalipsis, parece que sí.

El autor del libro

Ante todo, veamos quién escribió el Apocalipsis. El autor dice que se llamaba Juan (1,9). ¿Quién es este Juan? Durante mucho tiempo se pensó que se trataba de san Juan, uno de los Doce Apóstoles, el Hijo de Zebedeo y hermano de Santiago. Pero el autor en ningún momento dice que él sea un apóstol. En cambio se presenta como un profeta (22,9). También se pensó que este Juan fuera el mismo que escribió el cuarto Evangelio. Pero basta con leer ambos libros y compararlos para darse cuenta de que el estilo literario, las palabras y las ideas de ambos libros son muy distintos.

Por lo tanto, el “Juan” del Apocalipsis no era ni uno de los Doce apóstoles ni el autor del cuarto Evangelio, sino alguien de la iglesia primitiva que un día, inspirado por Dios, compuso esta obra. Según él mismo nos informa, se hallaba prisionero en una isla del Mar Egeo llamada Patmos (1,9), alrededor del año 95.

¿Para cuándo todo esto?

El Apocalipsis compuesto por Juan consiste en una serie de visiones aparentemente caóticas. Pero si lo leemos con atención podemos sacar algunas cosas en claro.

Al comienzo dice: “Revelación de Jesucristo. Dios se la concedió a sus siervos para mostrarles lo que va a suceder pronto” (1:1). El primer versículo, pues, ya advierte que los sucesos iban a ocurrir “pronto”. A continuación escribe: “Dichoso el que lea y los que escuchen las palabras de esta profecía y guarden lo escrito en ella, porque el tiempo está cerca” (1:3). Es decir, reitera que lo que anuncia el libro va a suceder en un tiempo cercano al autor. Luego cuenta todas las visiones que tuvo, y al llegar al final del libro vuelve a decir: “Estas palabras son ciertas y verdaderas. El Señor Dios envió a su ángel para mostrar a sus siervos lo que va a suceder pronto” (22:6). Y más abajo dice que un ángel le advirtió: “No selles las palabras proféticas de este libro, porque el tiempo está cerca” (22:10).

Se ve, pues, que lo que el libro profetizaba eran acontecimientos muy cercanos al tiempo del autor y al de los primeros lectores.

“Llego pronto”

Pero el Apocalipsis no sólo afirma de un modo explícito que el tiempo de su cumplimiento estaba cerca, sino que lo confirma con las imágenes y las visiones.

Así, se le dice a los cristianos que sus sufrimientos no van a durar mucho (6:11); que deben alegrarse porque el juicio de Dios ya está por llegar (14:7); que el Dragón dispone de breve tiempo para su actividad en la tierra (12:12); que cuando suenen las siete trompetas llegará el fin (10:67). Todo parece predecir un hecho inminente.

Por eso a lo largo del libro se lee la frase de Jesús: “pronto vendré”, “ya estoy a las puertas”, “llego enseguida”. Si los hechos del Apocalipsis iban a tardar siglos en suceder, ¿por qué Jesús los ilusionó inútilmente? ¿Para qué les pidió que rezaran con ansias “Ven, Señor Jesús” (22:17, 20), si Jesús no pensaba venir aún a cumplir las profecías?

El libro aseguraba a los lectores del siglo I que aquellos sucesos iban a suceder pronto. Y nosotros debemos creerle y abandonar la idea de encontrar en él acontecimientos que pertenezcan a nuestra época. Entonces ¿a qué acontecimientos se refiere el Apocalipsis?

Ya dijimos que el libro se escribió alrededor del año 95. En esa época gobernaba a Roma el emperador Domiciano. Y los cristianos estaban atravesando por dos problemas muy graves: a) la ruptura de relaciones con los judíos; y b) la persecución desatada por el Imperio Romano.

Del judaísmo al cristianismo

Los primeros cristianos, apenas surgieron, tuvieron que enfrentarse con los judíos. Porque, aunque leían las mismas Escrituras, rezaban los mismos salmos y asistían al mismo Templo, ellos creían en la resurrección de Jesús lo cual no era aceptado por los judíos.

Se produjeron, entonces, tensiones y refriegas. Las autoridades judías consideraron poco a poco a los cristianos como una “secta” y les prohibieron el ingreso al Templo y a las sinagogas.

Esto colocó a los cristianos en un grave dilema: no querían renegar de las tradiciones judías, pero ¿cómo guardar silencio sobre la resurrección de Jesús y sobre su Evangelio? Ellos sabían que Dios había elegido al pueblo judío, y querían respetar esa elección de Dios, pero ¿qué hacer si los judíos no los aceptaban a ellos? La primera parte del Apocalipsis, es decir, los capítulos 4-11 (pues los capítulos 1-3 son una introducción), quiere responder precisamente a esta cuestión.

¿Y cuál es la respuesta de Juan? Les anuncia a los cristianos que el pueblo de Israel ha sido sustituido por la Iglesia. Que ésta es ahora el nuevo Israel. Pero no porque el antiguo Israel haya sido rechazado por Dios, sino porque los verdaderos israelitas (es decir, los judíos que sí aceptaron a Jesús) se han convertido ahora en la Iglesia, que acaba de aparecer.

Y profetiza una dolorosa ruptura entre ambas comunidades, que será total y definitiva. Pero les advierte que no debían preocuparse porque ésta será el nacimiento del nuevo pueblo de Dios, el pueblo cristiano.

El paso a nuevas manos

El autor dice todo esto mediante visiones y símbolos en donde muestra que el Antiguo Testamento ha sido superado por la nueva Iglesia de Jesús.

Así, la visión del trono de Dios (capítulo 4) muestra que donde antes se adoraba sólo a Yahvé ahora se adora también a Jesucristo en forma de un Cordero degollado. La visión del libro sellado (capítulo 5) enseña que el Antiguo Testamento de los judíos es un libro indescifrable si no se lo completa con el Evangelio que predicó Jesús. La visión de los cuatro jinetes (capítulo 6) anuncia la llegada de Jesucristo y la inauguración de una nueva era. La visión de los 144.000 sellados (capítulo 7), indica que el censo hecho por Moisés al salir de Egipto es reemplazado por un nuevo censo, que ahora incluye personas de todas las razas, lenguas y pueblos. La visión de las siete trompetas (capítulos 8-9) señala que las plagas de Egipto que dieron origen al pueblo de Israel, ahora son reemplazadas por nuevas plagas que dan nacimiento a la Iglesia. La visión del librito devorado (capítulo 10) exhorta a los lectores a predicar el Evangelio. Y la visión de los dos testigos (capítulo 11) muestra cómo el Templo de Jerusalén, al que nadie podía entrar, ha sido reemplazado por otro templo abierto a todo el mundo.

La locura del Imperio

Pero un segundo problema preocupaba a los cristianos de fines del siglo I: la persecución desatada contra ellos por el Imperio Romano.

Aún estaba fresca en su memoria la locura tristemente célebre de Calígula (37-41), y sobre todo de Nerón (54-68), quien unos años antes había perseguido cruelmente a los cristianos en Roma y había hecho morir al apóstol Pablo, a san Pedro y a muchos otros.

Ahora, en el momento en que Juan escribe, el delirio imperial ha vuelto a instalarse. Domiciano ha decidido imponer el culto al emperador, y exige que se lo llame “Señor y Dios”. La reacción de los cristianos es inmediata. Su único Dios y Señor es Jesucristo. ¿Cómo podían admitir semejantes pretensiones de Domiciano?

Al ver el rechazo de los cristianos, Domiciano desató una nueva y feroz persecución que ahogará en sangre a las comunidades creyentes.

Una Bestia con siete cabezas

Frente a este segundo problema Juan compone la segunda parte de su libro (capítulos 12-20). En ella busca darles ánimo y esperanza, y alentarlos en medio de las durísimas pruebas por las que atravesaban. Ellos se preguntaban cuánto tiempo más duraría este horror, cuándo intervendría Dios en favor de ellos y acabaría con las pretensiones totalitarias del gobierno de Roma. Y él les responde mediante imágenes y visiones.

En el capítulo 12 una mujer (que representa a la Iglesia) enfrenta a un gran Dragón (el Imperio Romano) que quiere devorar a sus hijos (los cristianos), y sale victoriosa. Con lo cual el autor anuncia el triunfo de los creyentes frente a la persecución que se había desatado.

Sigue la visión de las dos Bestias (capítulo 13). La primera representa, otra vez, al Imperio Romano, pues tiene siete cabezas (como las siete colinas de Roma) y títulos ofensivos (los títulos divinos que usaba el emperador). La segunda Bestia (también llamada en 19,20 “el Falso Profeta”) es la encargada de hacer propaganda para que todos adoren a la primera Bestia; representa, por lo tanto, a la propaganda oficial del estado, o sea a la religión romana montada por el emperador para seducir y convencer a los cristianos de que lo veneraran a él como dios; lo cual estaba logrando en muchas comunidades.

Roma y sus mil disfraces

En el capítulo 17 la ciudad de Roma vuelve a aparecer, esta vez presentada con la figura de una gran Prostituta (capítulo 17). Y a continuación describe su destrucción, y cómo gritan y se lamentan aquellos que antes amaban, pecaban y negociaban con esta Prostituta (capítulo 18). El castigo de Roma concluye con alegres cantos en el cielo, donde se oye resonar el aleluya triunfal (capítulo 19).

Una última visión presenta a un Jinete montado en un caballo blanco, que lucha contra la Bestia y sus aliados y la vence. El Jinete (Cristo), arroja a la Bestia (el Imperio romano) a un lago de fuego.

Toda la segunda parte del Apocalipsis, pues, consiste en el anuncio esperanzador del pronto final de la persecución. Con el lenguaje propio de la apocalíptica, el autor repite siempre lo mismo mediante diversas imágenes, símbolos y figuras: Dios reserva un gran castigo contra la ciudad de Roma, contra el emperador que se creía Dios, y contra sus autoridades y magistrados, mientras que los cristianos que se mantuvieron fieles hasta el final serán liberados de todo mal.

Una profecía llena de consuelo para los que tenían que perseverar en medio de tanta violencia y sufrimiento.

¿Queda algo para el final?

Después del fin de la persecución, el Apocalipsis anuncia la llegada de un reino de 1000 años de duración (capítulo 20). Con esto el autor quiere decir que el cristianismo seguirá existiendo un largo tiempo, expresado simbólicamente en 1000 años. Y el encarcelamiento de la Serpiente indica que el poder de Satanás, es decir, del mal, estará a partir de ese momento limitado en su poder pues ya existe en el mundo el Evangelio de Jesucristo.

El libro termina con la majestuosa visión de los cielos nuevos y tierra nueva, y una nueva ciudad de Jerusalén que baja desde el cielo. ¿Cuándo aparecerán estos cielos nuevos y tierra nueva?

En realidad para el Apocalipsis también éstos ya han aparecido. Al acabarse la persecución, el autor anuncia que se inaugurará una nueva era para toda la humanidad (decir “cielo y tierra” equivale a decir toda la humanidad), con una nueva ciudad de “Jerusalén” en reemplazo de la anterior. De ella formarán parte todos los santos de la tierra, es decir, los que procuran vivir de acuerdo con la Palabra de Dios.

Iglesia con futuro

Al poco tiempo de aparecer el cristianismo, ya estuvo a punto de abortarse. Dos grandes obstáculos (la ruptura con los judíos, y la persecución romana) le salieron al cruce, y casi lo ahogaron cuando apenas estaba naciendo. Era lógico, entonces, que quienes se habían adherido a este nuevo movimiento se preguntaran si tenía futuro, si valía la pena jugarse la vida por el Evangelio o estaba destinado a desaparecer como otras tantas corrientes religiosas surgidas y luego desaparecidas a lo largo de la historia.

Ante esta candente cuestión, en la que los creyentes ponían en juego nada menos que su vida, Juan escribió su Apocalipsis para decirles que el cristianismo, recientemente aparecido, no era una corriente religiosa más, sino que estaba destinada a durar para siempre. Que el judaísmo no impediría su desarrollo y que el Imperio Romano no lograría eliminarlo. Que los cristianos podían, nomás, confiar tranquilamente en la nueva Iglesia, porque contaba con la protección de Dios para siempre.

El Apocalipsis no habla, por lo tanto, del fin del mundo como algunos creen. ¿De qué les hubiera servido a aquellos cristianos desesperados y perseguidos por los romanos, los detalles del fin del mundo que supuestamente vendría miles de años después? ¿Para qué Juan los iba a prevenir de algo que sucedería siglos más tarde, cuando no sabían si al día siguiente estarían vivos?

Las esperanzas de triunfo

Juan, que era un cristiano preocupado por la situación presente de sus hermanos, les quiso anunciar una noticia gozosa y esperanzadora para todos ellos: que el cristianismo saldría triunfante frente a la opresión de los judíos y a la persecución de los romanos, los dos grandes dramas del momento.

Todas las profecías del Apocalipsis, pues, ya se han cumplido (del mismo modo que ya se han cumplido las profecías de Isaías, de Jeremías, o de Jesús sobre la destrucción de Jerusalén). No obstante, el libro sigue teniendo un mensaje para nosotros los lectores modernos. Porque hoy también el cristianismo se ve jaqueado por diversas persecuciones, y se ven tentados de preguntarse: ¿tiene futuro esta fe? ¿No habría que admitir que el mal, la violencia, el fraude, la corrupción, la mentira, están venciendo y que debemos pasarnos a sus filas antes de que nos terminen de matar por buscar otro ideal? ¿Tiene sentido obstinarse en los valores cristianos frente a un mundo que, como una Bestia feroz, parece devorar a quienes los practican? A todos ellos el Apocalipsis les contesta que sí. Que del mismo modo que salió triunfante de las potencias enemigas en sus comienzos, la fe cristiana está destinada a triunfar también ahora. Que nunca podrán ser derrotados el bien y la justicia que predica el cristianismo. Y que quienes estén del lado del mal, no tienen ya futuro. Por eso Juan, en su libro, dejó escrita la esperanza y la ilusión más grande jamás contada.

Categorías: Editorial | Etiquetas: , , | 1 comentario

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Un pensamiento en “Una interpretación del Apocalipsis de Juan – Ariel Álvarez Valdés

  1. Anónimo

    esto es nuevo para mi, siempre he creido lo que desde niño me han enseñado. pero tengo que dedir que todos los escritos que he leido del doctor Ariel son muy coerentes y creibles.

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