Video: N. T. Wright – Reino y Cruz: el olvidado mensaje de los evangelios

Este video es un excelente material introductorio al estudio de los evangelios del Nuevo Testamento. El teólogo inglés N. T. Wright plantea a través de la pregunta “¿por qué vivió Jesús?” (y no la pregunta cristiana habitual: ¿por qué murió Jesús?) el tema de qué son los evangelios, cómo funcionan, qué están diciendo en realidad. Sumamente recomendado (abajo, la transcripción/traducción; los ‘[…]’ indican fragmentos breves que han sido editados para mayor fluidez de lectura). Disfruten.

N. T. Wright es profesor en la University of St. Andrews, Escocia, uno de los grandes especialistas en Pablo y en el Nuevo Testamento en la actualidad, autor de numerosos libros y ex obispo de la Iglesia de Inglaterra.

Reino y Cruz: el mensaje olvidado de los evangelios

Por N. T. Wright

Conferencia realizada en el Fuller Seminary, Sacramento, EE.UU., el 16 noviembre de 2011.

     Esta tarde estuve hablando sobre la resurrección, y no voy a decir mucho sobre la resurrección esta noche porque quiero concentrarme en el cuerpo de los evangelios en vez del gran evento al final. Pero diré esto, y lo entenderán si estuvieron esta tarde, y quizá incluso si no estuvieron: la resurrección colorea todo lo demás. Esto lo capté con especial fuerza hace como un año y medio mientras estaba en un embotellamiento en Londres, arriba de un taxi. Tenía puesto mi traje púrpura de obispo y mi cuello, así que era obvio que era un funcionario de la Iglesia de Inglaterra. Estábamos ahí en el embotellamiento y el taxista se volvió a mirarme y se encogió de hombros, y después vio que yo era obispo, así que empezamos a hablar de la Iglesia de Inglaterra: “Tienen algunos problemas en la Iglesia de Inglaterra, ¿no?”, y yo respondí que sí. “Sobre tener o no mujeres obispos”, y yo dije: “Sí, estamos pasando momentos difíciles”. Y después dijo: “Lo que siempre digo es esto: si Dios resucitó a Jesucristo de los muertos, todo lo demás es puro rock and roll, ¿cierto?”

     Yo me eché atrás en el asiento, pensando: “¡Qué hombre extraordinario, la clavó en el ángulo!” Y tuvimos una gran conversación, y perdí mi tren y no importó. Pero saqué mi BlackBerry y le mandé un mensaje a mi colega en Durham: “No vas a creer lo que acabo de oír”, y le cité la frase. Y él me contestó: “Ahí está tu próximo sermón de Pascua de Resurrección”. Fue espectacular.

     Todo lo que diré tiene que ver con ese principio general: la resurrección es el centro de todo. Y por supuesto, los evangelistas escribieron a la luz de la resurrección. Si no hubiera habido resurrección, no habría evangelio. Porque hubo miles, probablemente decenas de miles de jóvenes judíos crucificados por los romanos dentro de los cien años antes y después de la época de Jesús de Nazaret, y muchos de ellos creyeron que serían los líderes del movimiento que traería el reino de Dios. Muchos de sus seguidores también lo creían, y a menudo acabaron crucificados también. Y en ningún caso dijeron que el reino de Dios había llegado. Pero sí dijeron eso de Jesús, y eso fue a causa de la resurrección […].

     Quiero hablarles, mientras entramos en el tema de esta tarde, de algunos eventos de mi juventud. Cuando iba a la escuela, más o menos a los 14, habíamos tres o cuatro que queríamos comenzar un grupo de estudio bíblico. Habíamos comenzado a estudiar la Biblia en diversos contextos y nos encontramos en esa escuela, y quisimos reunirnos y estudiar la Biblia. Y una vez, creo que tenía 15 o 16 años, decidimos hacer una pequeña serie de estudios, nos pusimos de acuerdo, invitamos a otros, etc. Era sobre Jesús. Uno era porqué nació Jesús; otro de porqué vivió Jesús; otro de porqué murió Jesús; otro de porqué resucitó. No estoy seguro de si tuvimos uno sobre la Ascensión, deberíamos haberlo tenido. Pero sí había uno sobre porqué va a venir de nuevo. Estábamos muy entusiasmados, organizamos cuál iba a hacer cada uno, etc. Y a mí me tocó el palito corto, porque me tocó el de porqué vivió Jesús. Y recuerdo muy bien, siendo un escolar, pensar: “¡Qué pregunta difícil!” Porque si hablamos de porqué nació Jesús, hay mucho que decir: todas esas cosas navideñas sobre la Encarnación y que el Verbo se hizo carne. Conocía bastante como para saber que había mucho en qué fijarse. Lo mismo con porqué murió Jesús. Todos éramos cristianos bien enseñados que sabíamos perfectamente bien que murió por nuestros pecados, y que había pasajes clave que podíamos mirar. Lo mismo con la Resurrección, con la Segunda Venida, posiblemente también con la Ascensión. ¿Pero por qué vivió Jesús?

     Frustración. No tengo idea de qué dije cuando hice ese estudio bíblico. Quizá tenga algunas notas sobre eso en una caja polvorienta en algún lugar. Pero entonces fue una buena pregunta, y sigue siendo una buena pregunta hasta hoy. […]

     Unos diez años después de eso, cuando estaba en mis estudios de pregrado en Oxford, me invitaron a hablar en la Christian Union de Cambridge. De vez en cuando Oxford y Cambridge sí se hablan, y me invitaron a hacer eso. Y la Christian Union en su sabiduría (o su falta de ella) me invitó a hablar bajo el título el “Evangelio en los evangelios”. Los maestros y predicadores entre ustedes sabrán que ese es un gran desafío. De hecho, hace poco escuché de un conocido pastor en otra parte de EE.UU. que hizo una conferencia llamada “¿Predicaba Jesús el evangelio de Pablo?” Lo qué es un poco raro, ¿por qué plantear así la pregunta? Pero verán el problema: si están acostumbrados a pensar en el evangelio como justificación por la fe sobre la base de la muerte de Jesús por tus pecados, entonces van a buscar mucho en los evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) antes de encontrar algo parecido a eso. Por supuesto, encontrarán al fariseo y el publicano, y a Jesús diciendo que aquel se fue a su casa justificado y el otro no, y se dirán: “Ahí está, Jesús sí habló de justificación por la fe”. Pero una referencia hacia el final de Lucas en realidad no es una gran base para decir que de eso se tratan los evangelios.

     Y eso refleja algo que ha sido un rompecabezas en el cristianismo occidental durante mucho tiempo, sospecho que desde antes de la Reforma, pero ciertamente durante los últimos 400 años: ¿qué son los evangelios? ¿Cómo funcionan? ¿De qué manera son Evangelio? Porque en la Iglesia primitiva sólo había un evangelio que adoptaba cuatro formas: no hablaban de “los evangelios”, en plural, como hacemos nosotros. Hablaban del Evangelio según Mateo, y el mismo Evangelio (en singular) según Marcos, etc. Pero todavía el problema, y todavía mi frustración, incluso aunque ya estaba en mis veintitantos y sí guardaba apuntes de lo que iba haciendo (no tengo idea de dónde están las notas de esa presentación, ni de qué fue lo que dije).

     Y verán, el problema puede plantearse así: hay muchos cristianos para los que sería suficiente para su fe si Jesús de Nazaret hubiera nacido de una virgen y muerto en una cruz, y nunca hubiera hecho nada en medio. Podría haber tenido una vida totalmente oscura y callada, pero mientras fuera el Hijo de Dios que murió por nuestros pecados: fin del juego. Y uno siente como que ahí se podría estar perdiendo algo.

     O por ejemplo, los grandes credos. Me encantan los credos, sé de dónde surgieron, entiendo cómo fueron elaborados, que son un registro de las disputas que tuvo la Iglesia en los tres o cuatro primeros siglos, y de las reconciliaciones y acuerdos que alcanzó la Iglesia. Pero piensen en esos grandes credos: “Creo en Dios, el Padre Omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, y en Jesucristo, su Único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido del Espíritu Santo, nació de la Virgen María… sufrió bajo Poncio Pilato, y fue crucificado, muerto y enterrado”. Me imagino a Mateo, Marcos, Lucas y Juan diciendo: “Nos pasamos mucho tiempo hablándoles de eso de en medio”. Por supuesto, los credos no fueron diseñados como un manual de enseñanza; tristemente, es así como a menudo los hemos usado. Cuando comencé a estudiar teología en Oxford, nos dieron un libro de Oliver Quick llamado The Doctrines of the Creeds [Las doctrinas de los Credos]. Va por las doctrinas cristianas: Dios el creador, Jesús encarnado, Jesús muerto por tus pecados, etc. Y si sólo se sigue lo que aparece en los credos, no parece importante lo que pasa en medio.

     Y peor aún, si se piensa en Mateo, Marcos, Lucas y Juan, en especial en los tres primeros, lo natural que decir sobre ellos es que tienen algo que ver con el reino. Pero el reino no es mencionado en el Credo hasta mucho más tarde. ¿Recuerdan lo que pasa? “Vendrá otra vez con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”. ¿Qué hace pensar eso? Que el Reino es algo puramente futuro, que el Reino es algo que va pasar cuando Jesús venga de nuevo y no antes. Y por supuesto, esa es una falsificación extrema no sólo de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, también de Pablo, Apocalipsis, de gran parte del Nuevo Testamento. Así que obviamente es un problema para nosotros.

     ¿Pero qué es eso de en medio? He probado hacer esta pregunta en grupos de clérigos, grupos de laicos, y se las hago a ustedes. Suponiendo que alguien de su propia iglesia les preguntara qué es eso de en medio, ¿qué esperarían ellos que ustedes dijeran? ¿Y qué dirían ustedes? Cuando hago eso, obtengo muchas respuestas interesantes. Algunos han dicho: “Creo que mi congregación esperaría que dijera que Jesús vino a hablar del reino de los cielos y de cómo ir allá”. En otras palabras, que Jesús vino a contarnos que hay un lugar llamado cielo donde Dios es rey y donde va la gente buena cuando muere, y que lo más importante que está haciendo Jesús es decirnos cómo llegar allí. No hay casi nada en los evangelios sobre eso. Sé que esa pregunta ha dominado al cristianismo occidental durante los últimos seiscientos años, pero los evangelios no son acerca de eso. Jesús no nos enseñó a orar “venga tu reino, hágase tu voluntad en el cielo como en el cielo”, en el cielo ya se hace. “Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Eso es lo que él vivía, y lo que hacía (volveremos a eso en un momento). Así que el Reino no llega solamente al final, ya está inaugurado aquí.

     Otras personas dirían que lo que Jesús realmente hacía era enseñarnos cómo vivir. Nos entregó toda clase de cosas maravillosas, piensen en el Sermón del Monte, este maravilloso manifiesto sobre cómo debemos comportarnos. De forma que hay grandes maestros de ética y Jesús es simplemente el mayor maestro de ética. Sospecho que la mayoría de los que estamos en esta iglesia esta noche podemos ver que aunque eso es verdad, que Jesús sí fue un gran maestro de ética, si eso sólo se deja así no está ni cerca de ser suficiente. Es una posición reduccionista: “Jesús, el gran maestro de moral, pero dejémoslo sólo en eso”. Hay toda una corriente de cristianismo liberal que ha tratado de dejarlo así, pero sospecho que para la mayoría de nosotros no es suficiente.

     Así, algunos dicen que quizá el material de en medio es que nos dejó un gran ejemplo para que veamos que así debemos vivir la vida y luego podamos seguirlo. ¿Saben qué? Como ejemplo, Jesús me deprime. En mi juventud me esforzaba por tocar el piano, no era muy bueno pero me gustaba esforzarme. Pero si veía a Clifford Curzon, o a Richter, o a alguien así tocar el piano, pensaba que era algo maravilloso, pero como ejemplo era desesperanzador porque yo nunca podría ni comenzar a tocar así. O si veo a un gran golfista golpear la bola, es un maravilloso ejemplo, pero sé que nunca le voy a pegar tan bien, aunque practique muchas horas al día. Así que ver a Jesús haciendo cosas está muy bien, pero en realidad no nos ayuda tanto como podríamos pensar.

     Hay otras cosas que dice la gente, en particular que Jesús vino a mostrarnos que verdaderamente era Dios. Como diré en unos momentos, una vez que entendemos qué significa esa pregunta entonces podemos responder que sí, pero si se dice que sí demasiado pronto se termina bloqueando todos los demás temas; y se hace muy difícil, porque una y otra vez en todas esas historias Jesús no anda diciendo: “¿Se dieron cuenta de que soy la Segunda Persona de la Trinidad?”. No hace eso. Hay indicios, pistas, sugerencias, pero hay que descifrarlas. ¿De qué se tratan entonces?

     Lo que tenemos en gran parte del cristianismo occidental es… ¿recuerdan ese libro de administración que salió hace algunos años llamado The Empty Raincoat [El abrigo vacío]? Hay un abrigo, pero sin cuerpo adentro. Tenemos algo así, tenemos el marco exterior: Jesús nace, Jesús muere, ¿pero qué hay en medio? Y hay algunos cristianos, sobre todo en EE.UU. durante los últimos cien años, que han hecho todo lo contrario, y han dicho: “No nos gusta todo eso de los milagros, no estamos seguros sobre la expiación en la cruz, pero en realidad Jesús hizo una espléndida carrera pública siendo amable con las ancianas, los niños, los perros callejeros, etc.; y nosotros tenemos que mirar eso, seguir eso, copiarlo y hacerlo: eso es la obra del Reino”. Como obispo paso mucho tiempo interpretando entre sí a estos dos tipos de cristianos, tratando de hacerles ver que en realidad se necesitan el uno al otro. Y eso es la esencia de lo que voy a decir esta noche.

     Porque por un lado están esos “cristianos del reino” que piensan que Jesús comenzó un maravilloso programa de reforma social, de mejoras, de hacer del mundo un lugar mejor, de ayudar a la gente en sus vidas, etc. Y a veces se entusiasman tanto con eso que hasta dicen: “Qué lástima que muriera tan joven… si tan sólo hubiera seguido”. Y por el otro están quienes se enfocan en la cruz: que lo único que hay que decir sobre Jesús es que murió para salvarnos por nuestros pecados. Quizá si hubiera que elegir una sola cosa que decir sobre Jesús, ese no sería un mal lugar donde quedarse (la cruz o la resurrección). Pero si eso es lo único que se dice en realidad se falsifica también eso, porque los evangelios de algún modo tienen un todo de Reino y Cruz en una forma a la que, en mi experiencia, la mayoría del cristianismo occidental (católico y protestante, carismático y liberal, lo que sea) ha encontrado muy difícil aferrarse. Así que tenemos, o todo abrigo pero sin cuerpo, o todo cuerpo pero sin abrigo. Y hay toda clase de movimientos alrededor de eso.

     Tengo la impresión de que eso es porque durante muchos siglos, en particular desde la Ilustración, y es un mal que afecta a evangélicos y fundamentalistas tanto como a los liberales del evangelio social, todos le hemos temido a la teocracia. Porque nuestro mundo ha sido estructurado de modo tal que dice: “No queremos eso”. Porque, ¿qué significa “teocracia” para ustedes? ¿Qué se les viene a la cabeza? Monjes locos que imaginan tener una línea directa a Dios, y tienen una línea dura para el resto de nosotros. Y no queremos eso, por lo menos la mayoría de nosotros. Ciertamente, yo no.

     Pero, ¿de qué Dios estamos hablando? Esa es la cuestión. Si el Dios en que están pensando es un gran matón en el cielo que de vez en cuando mira hacia abajo, se enoja contigo y te tira un rayo, pero por suerte Jesús se interpone, o algo así; si ese es el Dios en que están pensando, entonces cuidado con la teocracia. Pero suponiendo que fuera el Dios de Génesis, que dice: “Sea este hermoso mundo”; suponiendo que fuera el Dios de Éxodo, que dice: “He oído el llanto de mi pueblo y he venido a salvarlos”; suponiendo que fuera el Dios de Isaías, que dice: “Los he esculpido en las palmas de mis manos”; suponiendo que ese Dios estuviera a cargo, ¿cómo se vería? Podría verse como un joven profeta judío recorriendo Galilea, diciendo que así es como Dios se va convirtiendo en Rey. Y sanando un leproso por aquí y un endemoniado por allá, alimentando a los hambrientos, y explicando lo que hacía con extrañas historias sobre semillas creciendo en secreto y sobre un padre que tenía dos hijos, etc. Así podría verse. Eso es lo que los evangelios intentan decirles. Pero la cosa no se detiene ahí, porque desde el comienzo de la historia (y volveré a esto) la cruz, la sombra de la cruz, viene a la vuelta de la esquina.

     De cualquier forma, les tengo una propuesta. Que cuando lean los evangelios piensen como si estuvieran en una habitación con cuatro altoparlantes, uno en cada esquina. Si son aficionados a la música con buen sonido, y tienen un buen reproductor, discos, iPods, etc., y quieren que funcione en su nueva sala de estar, ponen un alto parlante en cada esquina, luego se sientan en medio, y después tienen que ajustar el volumen de los distintos altoparlantes. Pueden encontrar que uno no está funcionando y la música suena un poco desbalanceada. Quiero proponerles que, al leer los evangelios, hay cuatro altoparlantes que hay que ajustar en su volumen correcto, y que si no lo hacen no van a entender de qué se tratan. Y como parte de mi argumento es que en la mayoría del cristianismo occidental dos de esos altoparlantes han estado casi por completo apagados, y los otros dos han tendido a estar demasiado alto, verán que pienso que hemos estado escuchando la música de manera desbalanceada. ¿Qué son estos cuatro altoparlantes?

     El primero, que normalmente, creo yo, está completamente apagado, es que los cuatro evangelios cuentan la historia de Jesús como el punto culminante de la historia de Israel. Mucha gente estará feliz de decir que Jesús cumple las profecías del Antiguo Testamento. Pero no estoy hablando sólo de cumplimientos misceláneos: que en algún momento Isaías, los Salmos o Daniel dijeron dos o tres cosas interesantes y que Jesús las cumple. No. Estoy hablando de una extraña, oscura, misteriosa, pero continua narrativa. Se la ve al principio del Evangelio de Mateo, la genealogía de Mateo: Abraham, catorce generaciones; David, catorce generaciones; el Exilio (interesante), catorce generaciones. Y ahora José, el esposo de María, de quien nació Jesús, el Mesías. Catorce generaciones… un momento, son seis sietes, estamos hablando de una genealogía judía. Si estamos por entrar en el séptimo siete, ¿de qué estamos hablando? Sí, del Jubileo, el momento en que los esclavos son liberados, que los pecados son perdonados, que las deudas son omitidas, que Dios vuelve a hacer lo que siempre dijo que iba a hacer: “será llamado Emanuel”, “porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Y no es sólo salvación individual, aunque eso también es cierto. Israel había estado en situación de esclavitud desde el Exilio, eso estaba profundamente entretejido en el judaísmo del Segundo Templo. Israel había ido al exilio por sus pecados y, como dice Isaías 40, “cuando los pecados finalmente sean perdonados y resueltos, entonces terminará el Exilio, Yahvé regresará a Sion, por fin seremos libres”. Y Mateo está diciendo: “siete sietes”, “Jesús” y “él salvará a su pueblo de sus pecados”.

     Pero no es sólo Mateo, y no son sólo los capítulos iniciales: una y otra vez la historia de Israel apunta hacia adelante. Josefo, el gran historiador judío, que escribió un par de generaciones después de la época de Jesús, dice que la razón de porqué el pueblo judío de mediados de siglo se rebelaba contra Roma era principalmente porque había un oráculo en sus Escrituras que decía que en ese tiempo se levantaría de Judea un gobernante mundial. Está en La guerra de los judíos, libro 6, por si les interesa.

     ¿Cuál es el oráculo que dice que eso sucedería en esa época? Sólo puede estarse refiriendo a Daniel 9, porque esa es la única profecía que menciona un tiempo específico. Y los especialistas que lo han estudiado les dirán que la forma en que funciona Daniel 9 es esta: el escenario ficcional del libro de Daniel es en el Exilio en Babilonia. En el capítulo 9, Daniel hace una hermosa oración diciendo: “Señor, Jeremías dijo que el Exilio iba a durar setenta años. Creemos que ya pasaron setenta años, ¿es tiempo de volver a casa? ¿Ha acabado el Exilio? ¿Van a ser perdonados nuestros pecados por fin?” Y viene un ángel que le dice a Daniel: “Esa fue una gran plegaria, tu oración ha sido escuchada. Tengo buenas y malas noticias. Sí, la profecía se va a cumplir; la mala noticia es que no van a ser setenta años, sino setenta semanas de años”. Setenta veces siete. Es como un mega-jubileo. Y durante el par de siglos antes y después de Jesús hubo judíos calculando cuándo se iban a cumplir esos cuatrocientos noventa años. Esto es algo que, para mi sorpresa, no muchos cristianos han oído o siquiera pensado, pero pueden revisarlo: está todo en la literatura intertestamentaria.

     Así que estaban calculando que algo iba a ocurrir. ¿Qué era lo que iba a ocurrir? Lo de Daniel 2, en que la piedra de la montaña golpea la estatua y esta se convierte también en una gran montaña; lo de Daniel 9, en que los pecados finalmente son perdonados; las extrañas profecías sobre la abominación de la desolación; y sobre todo, lo de Daniel 7: los cuatro monstruos del mar que oprimen al pueblo de Dios, y luego uno como hijo de hombre es exaltado en las nubes para sentarse junto al Anciano de días, y llega el tiempo en que el pueblo de Dios recibe el reino. Y hay una relación directa entre esa frase en Daniel 7:22 (“llegó el tiempo, y los santos recibieron el reino”) y Marcos 1:15, en que Jesús dice: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado”. Los cuatro evangelios están diciendo que así es como la historia de Israel alcanza su punto culminante. Este es el momento para y de la redención.

     Para la mayoría de los cristianos, el altoparlante en esa esquina de la habitación ha estado completamente apagado. Pero cuando se aprende a leer a Mateo, Marcos, Lucas y Juan como el punto culminante de la historia de Israel, toda clase de cosas comienzan a estar en su lugar. Porque la historia de Israel no es una historia miscelánea, como si Jesús hubiera nacido judío por casualidad pero que pudo haber sido noruego o nigeriano y que todo fue por accidente. La idea es (teología bíblica): Dios llamó a Abraham para deshacer el pecado de Adán. Y la familia de Abraham se esforzó y no pudo hacerlo, y la cosa se complicó y se puso peor, y todo parecía ir terriblemente mal. Pero Dios no se había olvidado de que esa era su promesa, y Dios mantuvo esa promesa cuando se cumplió el tiempo. Ese es el primer altoparlante.

     El segundo altoparlante es uno que a menudo ha estado demasiado alto. Esta mañana estuve en un programa de radio debatiendo con [John] Dominic Crossan y otro erudito, y una de las personas que llamó por teléfono básicamente planteó el argumento de C. S. Lewis: o Jesús estaba loco, era malvado o debe haber sido divino. Conozco ese argumento, y no es un mal argumento, es sólo que cuando decimos “divino” y luego nos fijamos en los evangelios diciendo “¿Jesús era o no divino?”, a menudo entendemos eso mal. Como dije antes, ¿de qué Dios estamos hablando? A menudo tenemos la imagen del dios del deísmo del siglo XVIII, nos preguntamos cómo se vería ese dios si fuera humano, e imaginamos a Jesús como Superman. El mito de Superman, que es muy poderoso en nuestra cultura, no lo es por accidente. Es el mito de la persona con poderes sobrenaturales que desciende, se pone un disfraz y realiza el acto de violencia redentora que soluciona el problema. Esa es básicamente una herejía cristológica que tiene muchos ejemplos en su cultura y la mía.

     Pero los evangelios cuentan una historia diferente. Porque este asunto de una larga historia al final de la cual pasa algo siempre tuvo como uno de esos elementos que al final de esa historia Dios mismo iba a volver. ¿Volver? ¿Acaso se había ido? Sí, eso dice en la Biblia. En Ezequiel dice que cuando el Templo fue destruido por los babilonios, en realidad justo antes de que fuera destruido, Dios en su trono, con las ruedas, se elevó, se fue y desapareció. Y el libro de Ezequiel dice que va a volver, pero en ningún momento dice que haya vuelto. Y el profeta Malaquías en el periodo post exilio: habían reconstruido el Templo y ofrecían los sacrificios, pero los sacerdotes se aburrían porque eso no tenía sentido si Dios no estaba allí con ellos, escuchando sus plegarias. Y Malaquías les advierte: “El Señor al que buscan vendrá repentinamente a su Templo”. Esto es el periodo post exilio, una profecía de Dios regresando por fin, pero que no ha ocurrido aún. Y Zacarías dice lo mismo.

     Los evangelios están escritos conectados a esas expectativas sobre el Dios de Israel regresando por fin. Pero este el punto: ¿cómo iba a ser cuando Dios volviera? Tenemos en Ezequiel esa visión de las ruedas, ¿sería así? Según el final de Ezequiel, sí; pero eso es profecía, símbolos, imágenes. Según Isaías, él vio a Dios rodeado de los serafines en el Templo, y describe a los serafines pero no al Señor, excepto que sus faldas llenaban el Templo. ¿Sería así, con el Señor rodeado de serafines? ¿O como en los días del éxodo, cuando Dios andaba con su pueblo en un pilar de nube de día y un pilar de fuego de noche? Me acuerdo del arzobispo neozelandés que me contó la historia del chico al que le preguntaron en la Escuela Dominical qué sabía de la esposa de Lot, y que dijo que era un pilar de sal de día y una bola de fuego de noche. Eso es para que recuerden esa parte de la historia.

     ¿Cómo iba a ser cuándo volviera el Dios de Israel? Algunas de las grandes profecías de ese regreso son Isaías 40 y Malaquías 3. ¿Cuáles son los dos pasajes que cita Marcos al comienzo de su evangelio? Isaías 40 y Malaquías 3: “la gloria de Dios se revelará”, “la voz que clama en el desierto: ¡prepárense, extiendan la alfombra roja, aplanen las colinas, suban los valles, Él está regresando!” Y la gloria… Canté el Mesías de Händel desde muy pequeño, y debo haber cantado cien veces el coro “la gloria del Señor será revelada y toda carne la verá” antes de comenzar a preguntarme de qué hablaba. Y la respuesta es que habla de Dios regresando con gloria por fin, como señal de que el Exilio ha terminado.

     Isaías 52: este es el euangelion, el evangelio: “Tus centinelas alzarán la voz, gritarán de alegría, porque con sus propios ojos ven a Yahvé regresando a Sion”. Y Marcos pone una profecía así cuando está a punto de mostrarnos a Jesús viniendo a ser bautizado por su primo. Y añade también Malaquías 3. La historia de los cuatro evangelios es la historia del Dios de Israel regresando.

     Piensen en Juan, el prólogo joánico, el punto culminante del prólogo: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”; pero la palabra “habitó” no lo capta. En griego es eskénosen, significa: “Plantó su tienda entre nosotros”, y la tienda retrocede al tabernáculo en el desierto: “el Verbo”, que era Dios, “vino y habitó”, plantó su tabernáculo, “en medio de nosotros y contemplamos su gloria, gloria como la del unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad”. Y todo el Evangelio de Juan es una parte tras otra de teología del Templo: habla del templo de su cuerpo, etc., y del corazón del que cree brotarán ríos de agua viva: son imágenes del Templo que alcanzan su punto culminante en los discursos de despedida, cuando esperas que Jesús entre en el Templo y haga algo, y en cambio sube al aposento alto y lleva a sus discípulos. Este es lenguaje del Templo, es la gloria del Señor que es revelada, en último término en la cruz misma.

   Así que al segundo altoparlante hay que bajarle el volumen desde su estridente “sí, sabemos que Jesús es divino” a “¿de qué Dios estamos hablando? ¿Qué significa en realidad? ¿Cómo es pensar en este Dios regresando de esta forma?”

     A menudo, quizá desde la Definición de Calcedonia del 451, hemos pensado en la encarnación como una especie de error categorial. Y después decimos: “Sabemos que es imposible, Dios no puede convertirse en humano, pero en realidad sí lo hizo y ese es el gran milagro”, etc. Cuidado con la palabra milagro. Dentro de una cultura deísta, como la suya y la mía, “milagro” habla de un dios distante que ocasionalmente se acerca y hace cosas. Ese no es el Dios de la Biblia. El Dios de la Biblia siempre está cerca, alimenta a los cuervos jóvenes cuando lo llaman, se conduele con el dolor del mundo, respira y celebra la vida del mundo, y a veces hace cosas que no esperamos. Pero si decimos “milagro”, implica que normalmente está ausente, y no lo está. Ese es un tema aparte, pero mi punto es que tenemos que subir ese primer altoparlante para oír que este es el punto culminante de la historia de Israel, y que tenemos que bajar el segundo altoparlante, no para negarlo sino para aclararlo, para que podamos oír lo que de verdad se está diciendo.

     El tercer altoparlante es que los evangelios cuentan la historia de Jesús como el inicio, el lanzamiento del movimiento conocido como cristianismo o Iglesia. Por supuesto, no usa esas palabras desde el comienzo (o nunca), pero otra vez lo tenemos demasiado alto. Hemos leído los evangelios simplemente como que es Jesús diciéndonos cómo comportarnos, Jesús diciéndonos lo que necesitamos saber, Jesús diciéndonos cómo ir al cielo. De hecho es algo mucho más sutil que eso. Jesús crea a su alrededor una comunidad de personas que viven a través del perdón porque el perdón es el nombre del juego. De eso se trata el Jubileo: “Me ha enviado a pregonar libertad a los cautivos, vista a los ciegos”. El perdón, los nuevos inicios, comenzar desde cero: esa es la realización de Israel. Y esa comunidad tiene que vivir por el perdón porque la puerta que se abre para recibir el perdón de Dios en tu corazón es también la puerta que se abre para dejar salir el perdón hacia otras personas. Esa es la cosa más radical que Jesús pudo haber dicho. Todos sabemos vagamente que el perdón es algo bueno; todos lo encontramos increíblemente difícil de hacer. Como dijo, creo que C. S. Lewis, todos estamos a favor del perdón hasta que tenemos algo que perdonar, y entonces no queremos.

     Así que cuando Jesús llama a los doce es la reconstitución del pueblo de Dios. Desde el siglo VIII a.C. no había habido doce tribus, la mayoría había sido llevada lejos y nadie sabía dónde habían ido. Ahora, Jesús dice: “Ustedes doce”; es el comienzo de algo, es la reconstitución. No es algo nuevo porque está en continuidad con lo que había antes, pero es una reconstitución del pueblo de Dios.

     Y por tanto, cuando Jesús da a sus discípulos el Sermón del Monte, es simultáneamente un desafío al pueblo de Israel para ser realmente Israel ahora que Él está aquí: “Ustedes son la luz del mundo”, esa es la antigua vocación judía. “Pero si ponen la luz bajo un balde, ¿cómo quieren que alguien la vea?” “Ustedes son la sal de la tierra, pero si la sal pierde su sabor”, etc. Ustedes conocen todo eso.

     Y cuando dice: “Benditos los puros de corazón, los pobres de espíritu, los humildes, los misericordiosos, los pacificadores”, etc. Piensen en lo que significa eso. Bendecir no es algo que tenga que ver principalmente contigo y para ti. A menudo pensamos: “Si tan sólo pudiera ser puro de corazón, entonces de verdad sería bendecido”. Quizá sí. Pero el punto sobre bendecir es que no es lo que Dios te hace a ti, sino lo que Dios hace a través de ti. Es un programa para la gente del Reino: los misericordiosos, los pacificadores, los que tienen una pasión por la justicia que se rehúsa a apagarse, como una sed. Esas son las personas a través de las cuales Dios se está volviendo Rey, a través de quienes Jesús quiere extender su Reino. Es el programa para la Iglesia. No es un “aquí están las reglas que hay que obedecer, las doctrinas que hay que creer”. Es un “aquí está el programa de cómo va a ser transformado el mundo”. Porque cuando Dios quiere cambiar el mundo no envía los tanques, envía a los humildes, a los misericordiosos, a los pacificadores y a los puros de corazón. Y para cuando los matones y los poderosos se dan cuenta de lo que está pasando, los humildes, los misericordiosos, los pacificadores y los hambrientos de justicia han comenzado a transformar el mundo. Y no van a ser detenidos, gracias a Dios. Tenemos que leer los evangelios no sólo como la historia de las reglas de cómo comportarnos. Bajen un poco el volumen y escuchen más claramente. Es el programa para el pueblo a través del cual Dios se está convirtiendo en Rey.

     Y si es así, entonces el cuarto altoparlante, que usualmente está olvidado en una esquina de la habitación, entra en juego, nos guste o no. Porque si Dios se está convirtiendo en Rey, en y a través de Jesús, significa que los reinos de este mundo son llamados a rendir cuentas.

     La historia de Israel siempre tuvo que ver con cómo el reino de Dios confronta a los reinos del mundo con la reclamación de Dios, del Creador, sobre ese mundo. Y si esa historia está llegando a su punto culminante, no debe sorprendernos que, por ejemplo, en Lucas 2, Lucas comience su historia de la Navidad con la fanfarria de trompetas de Augusto César en Roma: “Un decreto de César Augusto de que todo el mundo fuera empadronado”. Y una pareja monta en su burro (la historia no menciona al burro, pero es un lindo detalle) y van de un extremo del país al otro, y nace un bebé en la ciudad real de Belén ante cuya mención de su nombre el sucesor de Augusto temblará en su trono. Y vemos eso a través de toda la obra de Lucas, porque en Hechos, cuando Jesús es exaltado y es ahora rey (porque la Ascensión no es que Jesús se va lejos: el cielo es la oficina del gerente, el lugar desde el que se controla todo), y así es cuando sucede: Jesús envía a sus seguidores a hacer el Reino, a vivir el Reino, a predicar el Reino; y Pablo termina en Roma, bajo las narices de César, predicando que Dios es Rey y Jesús es Señor, abiertamente y sin obstáculos. Lucas tenía la idea de que hacia allá es donde se dirigía todo. El resto, se podría decir, es historia.

     Y por supuesto, esto surge una y otra vez, una vez que aprendemos qué es lo que está pasando, en dónde estamos. Verán: hemos despolitizado los evangelios porque los hemos desjudaizado. Pensamos en los evangelios como el manual de enseñanza, o una parte del manual de enseñanza para una iglesia como la nuestra, que se ha olvidado de su herencia judía y de su responsabilidad social, política y cultural. Una vez que armamos el paquete completo, me temo que no hay escape. Esta es la perspectiva general, y somos parte de ella.

     El libro de Daniel, que nadie puede dudar es fundacional para buena parte de la teología de los evangelios sinópticos (y también hay indicios en Juan), trata del gran choque entre los reinos paganos del mundo y el reino de Dios, que trabaja según reglas diferentes, que marcha a un ritmo diferente, pero que finalmente derrocará a los reinos paganos y les enseñará que hay una forma diferente de ejercer el poder. ¿Recuerdan cómo es en Marcos 10, ese espectacular pasaje? Cuando Santiago y Juan van a Jesús (en una de las versiones envían a sus madres, ese también es un detalle interesante) le dicen: “Queremos sentarnos a tu derecha y a tu izquierda en tu Reino”. Querían ser el ministro de relaciones exteriores y el canciller, o algo así. Querían los cargos más importantes: Jesús sería el jefe, ellos iban a ser su mano derecha e izquierda. Simón, Andrés y los demás decían: “Vamos a ser nosotros”; los hijos de Zebedeo, que iban a ser ellos.

     Jesús dice: “No tienen idea de lo que están pidiendo”. Porque Jesús sabía, y Marcos lo explicita, que no hay Reino sin Cruz. Y cuatro capítulos después en el Evangelio de Marcos, encontramos que cuando Jesús es crucificado hay uno a su derecha y uno a su izquierda, pero eso no es lo que Juan y Santiago querían. Jesús les advierte: “¿Pueden ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?”

     Y después Jesús los reúne, llama a los doce y les dice: “Los gobernantes de esta era se enseñorean sobre sus súbditos, sus grandes ejercen dominio sobre ellos. Hacen las cosas mandando, intimidando y golpeando a la gente hasta someterla. Nosotros lo vamos a hacer de la otra manera. No va a ser así entre nosotros: el que quiera ser grande, será su servidor, el que quiera ser el primero, deberá ser esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido sino a servir, y para dar su vida (¡dar su vida!) en rescate por muchos”. La teología de la expiación y la teología política, la redefinición del poder, van absolutamente de la mano en Marcos, no se puede tener una sin la otra.

     Y en Juan 16, en el centro de los discursos de despedida. A menudo pensamos en los discursos de despedida (Juan 13-17) como un maravilloso momento de intimidad, de Jesús todavía en tranquilidad y privacidad con sus discípulos. Y en medio de eso tenemos: “¡Anímense! Yo he vencido al mundo”. Y en el capítulo 16: “Cuando el Espíritu venga convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, porque no creen en mí; de justicia, porque voy al Padre, y ustedes no me verán más; y de juicio, porque el príncipe de este mundo ya ha sido juzgado”.

     Durante años, oía esa predicción de Jesús sobre la obra del Espíritu y pensaba: “¡Qué bueno! No veo la hora de que el Espíritu haga rendir cuentas a los gobernantes de este mundo”. Y me di cuenta, no hace mucho, de que la idea de la obra del Espíritu es que lo que hace, lo hace en y a través del pueblo de Jesús, de la Iglesia. “Cuando el Espíritu venga, Él, a través de ustedes, convencerá al mundo de pecado, justicia y juicio”. ¿Estamos dispuestos a eso? ¿Saben cómo es? ¿Alguna idea? Lean, en Juan 18 y 19, cuando Jesús está frente a Pilato, el reino de Dios confrontando al reino del mundo. Debaten sobre el reino y la verdad y el poder. Y Pilato envía a Jesús a su muerte, y Jesús gana. Es una escena espectacular. Es la base de toda la teología política cristiana, por lo que a mí respecta: Juan 18 y 19. Porque cuando se cuenta la historia de Jesús como el cumplimiento de la historia de Israel, como el cumplimiento de la historia de Dios, como el lanzamiento del pueblo de Dios, también, inevitablemente, se está contando la historia de Jesús como la historia de cómo el reino de Dios derrota a los reinos del mundo.

     Y aquí es donde nos atascamos. Lo que he estado diciendo hasta ahora es básicamente teología del nuevo éxodo. Piensen en el éxodo: el tirano malvado, Faraón; Dios bajando a rescatar a su pueblo; el gran momento de sacrificio, la Pascua; el juicio de Dios a los egipcios, en las plagas y también en el mar Rojo; la celebración del reino de Dios (“el Señor reinará eternamente”, al final de ese gran canto de triunfo en Éxodo, capítulo 15); el nuevo proyecto para el pueblo de Dios, entregado en el monte Sinaí; la nueva vocación y destino, la Tierra Prometida; y lo mejor de todo, lo más querido: el Dios de Israel en persona, a pesar del pecado del pueblo al hacer el becerro de oro. El Dios de Israel, en respuesta a la plegaria de Moisés, viene a vivir en el tabernáculo: “Habitó entre nosotros, y vimos su gloria”. Esa es la historia del éxodo. Y los evangelios, de una forma u otra, están contando la historia del éxodo, y eso sólo se capta cuando se tienen los cuatro altoparlantes en su volumen apropiado.

     En esto nos quedamos atascados, lo aplanamos, no lo queremos: no nos gusta la teocracia, no queremos las cosas políticas. He sabido que en algunas culturas intentan mantener oficialmente separados Iglesia y Estado: bueno… ¡buena suerte! Hay un momento en Amadeus, la obra de Peter Schaffer (seguro que lo voy a contar mal, pero así lo recuerdo) en que tenemos a Mozart, este presuntuoso joven (que en la obra es un hombre arrogante y bastante desagradable, pero que compone la música más sublime jamás escuchada), y a Salieri, el famoso compositor de la corte al que todos reconocen (él mismo cree ser maravilloso). Salieri va a un ensayo de una de las óperas de Mozart, Las bodas de Fígaro. Salieri había compuesto muchas óperas sobre los dioses y héroes del Mundo Antiguo, óperas enormes, grandiosas y muy aburridas. Y ve Fígaro, y dice: “Él ha tomado personas comunes y corrientes (un barbero, una sirvienta) y las ha convertido en dioses y héroes”; y después dice: “Yo he tomado a dioses y héroes y los he convertido en comunes y corrientes”. Una tremenda autocrítica. Nosotros le hemos hecho eso a los evangelios: hemos tomado esas asombrosas narrativas (esos cuatro altoparlantes y mucho, mucho más) y los hemos convertido en comunes y corrientes, los hemos transformado en historietas sobre Jesús andando por aquí y por allá haciendo cosas y contando historias amables, que son buenas para los niños pequeños y para otras personas que necesitan historias así. Debido a que hemos separado todas esas cosas, necesitamos recapturar esta visión judía del reino de Dios.

     Quiero hablar un poco de qué pasa cuando tomamos esas cuatro dimensiones de la historia y pensamos en Reino y Cruz. Piensen en la vocación de Israel. Está el reino del mundo: Caín funda una ciudad, y después del diluvio todavía están en eso, toda hecha de la arrogancia humana y llamada la Torre de Babel (imagínense redactando el Pentateuco en el exilio en Babilonia: sabían qué era Babel). Dios baja, la destruye y confunde sus lenguas. Y luego Dios comienza su propia comunidad, con un nómada que ni siquiera tiene un hijo, y le dice: “En ti serán bendecidas todas las familias de la tierra”. Pero Abraham no era ningún santo: se equivoca tanto como acierta. Y, finalmente, Abraham también tiene que ofrecer (o estar dispuesto a ofrecer) a su hijo Isaac en sacrificio, en esa extraña historia en Génesis 22. Dios va a ser Rey del mundo, pero va a haber un precio: la muerte del hijo amado. O en el libro del Éxodo: Israel está en esclavitud, y el cordero Pascua es el extraño medio a través del cual el ángel del Señor pasa e Israel sale. Y esa es la forma en que Dios vence a Faraón para establecer el señorío de Dios sobre todo el mundo.

     O piensen en los salmos, donde tenemos al Salmo 2 al principio del Salterio; los Salmos 1 y 2 forman una fantástica pareja de piedad personal y de toda la dimensión política. Los gobernantes de esta era están furiosos con Dios: “Por qué se enojan los gobernantes y las naciones hacen tumulto”; “se levantan los gobernantes de la tierra y los príncipes consultan contra Yahvé y contra su ungido”. El que habita en los cielos se ríe: “El Señor se burla de ellos”; esto retrocede a lo de la Torre de Babel. Y después dice: “Yo he puesto mi rey sobre Sion mi santo monte”. Cuidado, gobernantes del mundo, tendrán que hacerle homenaje o si no “los quebrantará con vara de hierro y los desmenuzará como vasija de alfarero”. Esa es la reclamación global del Dios de Israel: “Este es el reino de Dios”. Pero veinte salmos después encontramos: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estuviste tan lejos cuando más te necesité? Me han pasado todas estas cosas horribles”. Y es sólo al vivir todo eso que llegamos al final del salmo, a hablar del decreto del Señor de que este es el tiempo de la liberación y del establecimiento del reino de Dios.

     Los salmos hacen eso una y otra vez. Uno de mis favoritos es el salmo 89, donde los dos primeros tercios del salmo son una maravillosa celebración de que Dios es rey de toda la tierra y de que David es el soberano sobre toda la tierra, etc. Y luego hay un quiebre: “Han echado a su ungido, no salen con sus ejércitos”. ¿Qué pasó? ¿Cómo salió tan mal todo? Y ese salmo no queda resuelto, sólo pone eso: las promesas y la realidad, el Reino y la Cruz. Esto está profundamente entretejido en la estructura misma de la teología bíblica.

     Ya hablé de Daniel, donde tenemos exactamente ese patrón: la pequeña figura humana que es destrozada por esos horribles monstruos, y luego Dios viene en su trono y uno como hijo de hombre es exaltado y entronizado a su lado después de ese periodo de sufrimiento. Y el sufrimiento continúa a lo largo del libro de Daniel.

     Zacarías es lo mismo. Sí, Dios va a ser Rey de todo el mundo pero el pastor será herido y las ovejas dispersadas. ¿Cómo funciona eso? El profeta no lo dice. Sólo dice que así va a ser.

     O el que para mí es el núcleo del canon del Antiguo Testamento: Isaías y la sección central (40-55). A menudo digo que si Isaías se hubiera perdido y nunca lo hubiéramos tenido, y alguien lo desenterrara en las arenas de Egipto o Libia, y lo publicara, debería estar en la primera plana de todos los periódicos del mundo no sólo por el contenido, sino por el puro poder de su majestuosa poesía. Isaías 40-55: este grandioso Dios ante el que las naciones tiemblan, y que sin embargo está tan profundamente involucrado que alimenta a su rebaño como un pastor, lleva al cordero en brazos y pastorea suavemente a las recién paridas. ¿Cómo establecerá este Dios su reino (que es lo que prometió hacer) y liberará a su pueblo? Respuesta, capítulo 42: “He aquí mi siervo”. Y así, el poema prosigue con los poemas dentro del poema que son los Cantos del Siervo, hasta que tenemos la parte del reino de manera más explícita en el capítulo 52, donde el profeta tiene una visión de Yahvé volviendo a Sion y el pueblo de Dios siendo liberado, y todo sucede por fin. Y dice: “Esta es la nueva: nuestro Dios reina. Él es Rey. Esto significa el reino de Dios”.

     E inmediatamente después, “¿quién hubiera creído lo que hemos oído?” y “¿a quién se le ha revelado el brazo del Señor?” En otras palabras, ¿quién hubiera pensado que él era el brazo de Señor? ¿Quién hubiera pensado que este herido por nuestros pecados y traspasado por nuestras transgresiones, que él fuera el Dios vivo arremangándose y viniendo a encargarse del desastre por fin? Y después de ese pasaje llegamos, en el capítulo 54, a la renovación del pacto; y en el capítulo 55, a la renovación de toda la Creación. Una de las más grandes obras de literatura y de teología jamás escrita. Así es como funciona la historia: la vocación de Israel, Reino y Cruz, yendo de la mano. Por cierto, creo que algunas de las cosas que he dicho es seguramente algo de lo que Jesús dijo a los discípulos camino a Emaús. Él no sólo sacó textos sueltos, sino que contó toda la narrativa.

     Y del mismo modo, Reino y Cruz juntos en la historia de Dios volviendo para gobernar y salvar. Isaías 63: el Señor miró y se asombró de que no hubiera nadie que pudiera salvar, así que trajo su propio brazo en victoria. Vino Él mismo y lo hizo. Y Ezequiel 34: los pastores que no hacen su trabajo; y Yahvé dice: “Yo mismo iré y seré el pastor de las ovejas”. Y todo tipo de pasajes en que encontramos, extrañamente, historias del que va a conseguir esto pasando por terribles sufrimientos, y de algún modo siendo aquel en el que Dios está haciendo lo que iba a hacer. Y es algo que continúa porque la tercera dimensión, el tercer altoparlante, cuando la Iglesia es inaugurada, es el pueblo del que Pablo dice: “Compartimos la heredad del Mesías siempre y cuando compartamos su sufrimiento, para que así seamos glorificados en él”.

     En Occidente no lo hemos hecho muy bien con esto. No le deseo el sufrimiento a nadie, pero creo que lo hemos descartado. Desde la Ilustración tendemos a pensar que el sufrimiento es algo que debiera que ocurrir en otros lugares, si es que, y que de algún modo nosotros, con nuestra ciencia, filosofía y democracia modernas, nos las arreglamos para manejarlo. Por supuesto, todos sabemos en lo profundo de nuestros corazones que eso no es de ningún modo así, sino que todo parece mal. Y sin embargo, en el Nuevo Testamento, piensen en 1 Pedro, Apocalipsis, Colosenses, 2 Corintios, piensen en tantos pasajes en que está justo ahí: la caracterización de la Iglesia es ser el pueblo del Reino, y por lo tanto el portador de la Cruz. Y viceversa. Es el pueblo que lleva la Cruz y, aunque no se dé cuenta en el momento, de algún modo así es como Dios está trayendo su Reino. El evento único, decisivo, culminante de la cruz de Jesús es, sin embargo, realizado en las vidas de sus seguidores. Eso caracteriza a la Iglesia: Reino y Cruz, y la vida de la Iglesia.

     Piensen en Jesús al final de Marcos 8: “Si alguien quiere venir…” Tenemos esas “cuatro leyes espirituales”: “Dios te ama y tiene un maravilloso plan para tu vida”. Bueno, más o menos. […] Lo que Jesús dice es: “Si quieres seguirme tienes que negarte a ti mismo y tomar tu cruz”. Así es como va a venir el Reino. ¿Porque dónde culmina eso? En Marcos 9:1: “Hay algunos aquí que no probarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido con poder”. ¿Qué quiso decir Jesús? ¿Qué verían la Segunda Venida? No, todavía ni entendían que tenía que ir a la cruz. ¿Cuándo vino el Reino de Dios con poder? Según los evangelios fue cuando Jesús salió de la tumba la mañana de Pascua. Pablo dice: “Fue declarado hijo de Dios con poder por el Espíritu de santidad”. Y Pablo habla en Efesios del poder con que Dios resucitó a Jesús: ahí fue exhibido el poder, cuando el mal fue derrotado en la cruz para que ahora la Nueva Creación pueda ser inaugurada.

     Y luego, el Reino y la Cruz en el mundo de César. Nuevamente, en Apocalipsis, en Filipenses 2, y en todo eso en Juan sobre el príncipe de este mundo siendo derrocado […] Y vuelvo a esa conversación entre Jesús y Pilato. Pilato le dice a Jesús: “¿Eres el rey de los judíos?” Y Jesús le hace una pregunta interesante: “¿Alguien te dijo que preguntaras eso o lo preguntas por ti mismo?” Un comentario fascinante. Pilato dice: “¿Acaso soy judío? No seas ridículo, tu propio pueblo te entregó por lo que has hecho. ¿Eres rey?” Y Jesús dice: “Mi reino no es del tipo de los que surgen en este mundo”. La gente dice, siguiendo la versión tradicional, “mi reino no es de este mundo, es sólo un reino espiritual. ¡Qué alivio, nos salvamos!” No, en griego es ek toû kósmou toútou. El reino no surge de este mundo, proviene de otro lugar, pero definitivamente es para este mundo.

     De forma que Pilato dice: “Entonces sí eres rey”. Jesús dice: “Esas son tus palabras. Pero si fuera de tu tipo de rey, mis servidores pelearían para evitar que fuera entregado. Mi reino es de un tipo diferente”. Pilato pregunta: “¿Qué tipo de rey eres?”, y Jesús dice: “Para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, oye mi voz”. “¿La verdad?”, dice Pilato, “¿Qué es eso?” Y poco después envía a Jesús a su muerte.

     Si queremos ser seguidores de Jesús, de algún modo tenemos que aprender cómo leer los evangelios de manera tal que nos sostengan en ser gente del reino que sabe cómo decirle la verdad al poder, incluso si ese poder va a lastimarnos, quizá hasta (Dios nos ayude) matarnos. Hablé de eso esta tarde: tuve el privilegio de conocer a algunos de los grandes santos de nuestra época, algunos obispos de mi propia iglesia, la Iglesia Anglicana, de todo el mundo, que han hecho justamente eso en lugares como Nigeria, Sudán, Borneo y Pakistán, etc., que han sido valientes y fieles, no sólo estando contra el gobierno por estar en contra, sino en dar testimonio de Jesús incluso cuando los poderes en esa parte del mundo los aplastan. La historia de Israel es la historia de cómo Dios derrotó a la arrogancia humana, pero es también la historia de cómo el pueblo sufriente, humilde y misericordioso de Dios derrota al mundo con el método de Jesús, no con el nuestro.

     Todo esto va unido por esos incidentes al comienzo y al final de los evangelios: el bautismo al comienzo, el título en la cruz al final; “este es mi hijo amado” y luego “este es el rey de los judíos”. En el comienzo, hay ecos del Salmo 2 y de Isaías 42; al final, la clara afirmación: “Hacia acá se dirigía la historia de Israel”. No es que Israel fuera una mala idea, así que ahora lo vamos a crucificar y sacarlos del camino, sino que la vocación de Israel siempre fue ejemplificar a Dios como Rey a través de la encarnación del amor sufriente por el cual el mundo fue creado desde un principio.

     Les tengo una propuesta. Que cuando hemos hablado de que Jesús es divino, la segunda persona de la Trinidad, a veces, trágicamente, hemos usado esa doctrina verdadera, ortodoxa, como una barrera detrás de la cual ocultarnos del temor a la teocracia. No hemos querido oír el mensaje de que el Dios encarnado ahora gobierna el mundo, así que nos hemos contentado con decir “Jesús se encarnó”, lo marcamos en la lista de cosas que hay que creer, y eso es todo: “Somos cristianos, ya cumplimos con nuestra labor”. Igual con la teoría de la expiación. Es muy fácil decir (es maravilloso, pero también muy fácil decir) “Jesús murió por mis pecados así que me voy al cielo. Eso me absuelve de responsabilidad, me saca del mundo”. No, Jesús murió por nuestro pecados (está bien) para encarnar, ejemplificar e inaugurar la manera diferente de Dios de ejercer el poder en el mundo. Y nosotros, que seguimos a Jesús, que hemos aprendido (por favor, Dios) a leer los evangelios en todo su valor, necesitamos aprender cómo unir Reino y Cruz, porque es sólo con esa visión y ese medio que Dios se vuelve Rey en la tierra como en el cielo.

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