La visión bíblica de un Mundo-Para-Todos

Columna publicada originalmente en The Huffington Post.

Con libertad y justicia para todos: porqué la Biblia promueve la igualdad

por John Dominic Crossan

John Dominic CrossanLa tradición bíblica insiste en que Dios es un Dios de “justicia y derecho”, es decir, de justicia distributiva y derecho restaurativo. Pensemos, por ejemplo, en esta afirmación divina:

“… yo soy el Señor, que actúo en la tierra con amor, con derecho y justicia, pues es lo que a mí me agrada —afirma el Señor—”. (Jeremías 9:24, NVI).

Por otra parte, se espera que los gobernantes participen de ese mismo carácter divino: “Así dice el Señor: Practiquen el derecho y la justicia. Libren al oprimido del poder del opresor. No maltraten ni hagan violencia al extranjero, ni al huérfano ni a la viuda, ni derramen sangre inocente en este lugar.” (Jeremías 22:3, NVI).

El malentendido más grave y de más largo alcance de la tradición bíblica es interpretar la justicia divina como retributiva en lugar de distributiva, como si significara el castigo apropiado para algunos en vez de una parte justa para todos.

Así que aquí está la pregunta. ¿Cómo fue que la tradición antigua llegó a un entendimiento de Dios tan absolutamente contrario a la intuición? Esa visión bíblica provino de un pequeño pueblo oprimido con regularidad por los grandes imperios: egipcios o mesopotámicos, asirios, babilonios, persas, griegos o romanos. La fe puede haber invocado la justicia divina, pero la experiencia la contradecía una y otra vez. ¿De dónde, entonces, vino la esperanza de un mundo regido por una distribución justa y equitativa de sus recursos?

Esa visión bíblica de un mundo-para-todos no proviene de nuestras ideas modernas del poder democrático o nuestras demandas contemporáneas sobre los derechos humanos o civiles. No vino del liberalismo, el socialismo o el comunismo. Al reconocer su desafío no estamos proyectando nada moderno en la Antigüedad. La idea de un mundo-para-todos provino, si uno necesita un -ismo, del Diosismo. Eso significa, por supuesto, que la tradición bíblica no proclama la “justicia social”, sino la “justicia divina” – que es algo así como la justicia social con esteroides. Pero aún así la pregunta persiste. ¿Cómo decidieron que el Diosismo involucraba la justicia distributiva y el derecho restaurativo en un mundo cuya experiencia – entonces y ahora – niega esa proposición?

La tradición bíblica obtuvo esa visión de Dios de la fuente más obvia imaginable: del crecer en un hogar decente y una casa bien administrada. La mayoría de los niños, o experimentan esa normalidad de forma positiva, o reconocen negativamente su ausencia. La Biblia simplemente tomó esa expectativa de un hogar decente y lo aplicó a Dios como el Jefe de Hogar del Mundo-Casa. Dados los prejuicios patriarcales de su propio mundo hablaban de Dios como “Padre”, pero lo que el título significaba era Dios como “Jefe de Hogar”.

Pensemos, por un momento, en el mundo de Jesús en el siglo primero y sobre todo en esa oración que comienza con: “Padre nuestro que estás en los cielos.” Hay una ironía especialmente llamativa cuando el Dios-como-Jefe-de-Hogar es llamado por Jesús Dios-como-Padre. Los demógrafos del mundo romano concuerdan en que, debido a la tardía edad de matrimonio de los varones, un tercio de los jóvenes habría sido huérfano a los quince años de edad – en todos los estratos de la sociedad. Las mujeres se casaban en torno a los 12 ó 13 años, los varones se casaban ​​casi al doble de esa edad, la esperanza de vida promedio era de menos de 30 años, por lo que un padre como cabeza de familia debe haber sido más teoría que práctica y más nostalgia que realidad. En otras palabras, en una casa del siglo I a lo largo del mundo romano, escuchaban “padre,” pensaban en “madre”, pero entendían “jefe de hogar”. Y, como en la tierra, así también en el cielo.

En ese mundo del siglo primero, si se entraba en una pequeña granja familiar y en la casa, ¿cómo juzgar al jefe de familia? ¿Los campos estaban bien administrados, el ganado bien aprovisionado, los miembros de la familia bien alimentados, bien vestidos y bien protegidos? ¿Un niño enfermo recibía atención especial? ¿Una madre embarazada recibía una preocupación especial? ¿Todos obtenían una parte justa? ¿Obtenían todos lo suficiente? Se juzgaría al jefe de familia no con el criterio del igualitarismo, sino con el del suficientismo. Así es – entonces y ahora – como uno evaluaría al jefe de familia de cualquier hogar. ¿Existe una distribución justa de los bienes y recursos, de los derechos y obligaciones?

Pero ¿qué pasaría si algunos de los niños se morían de hambre y otros eran sobrealimentados? ¿Y si algunos recibían comida mientras que otros no? ¿Qué pensaría usted de ese jefe de hogar – entonces o ahora? Ese es el mega-modelo o la mega-metáfora bajo la comprensión de la tradición bíblica de su Dios. Por eso el Dios bíblico puede exigir a los poderosos, a los gobernantes de este mundo, que:

Hagan justicia al pobre y al huérfano;
defiendan los derechos de los oprimidos y de los desposeídos. (Salmo 82:3, NTV)

Se puede ver en estos versos paralelos que la “justicia” es “el derecho” de los desposeídos. La justicia distributiva no es un regalo, caridad o limosna en un mundo que nos pertenece a nosotros, sino el simple derecho de todos en un mundo que pertenece a Dios.

De ese mismo Salmo 82 nos llega esta afirmación más punzante en toda la tradición bíblica. Es una advertencia que debemos escribir en nuestros corazones y en nuestras conciencias, en nuestros programas nacionales y en nuestra política exterior. “El mundo se estremece hasta los cimientos”, dice Salmo 82:5, por la injusticia en la distribución de los recursos del mundo. Una distribución que niega a algunos una parte equitativa del mundo sacude los cimientos mismos de la tierra. “Señor”, dijo el Puck de Shakespeare, “qué tontos son estos mortales”.

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