Geza Vermes sobre Jesús y el Testimonio Flaviano (Parte 2)

Geza Vermes

En la segunda parte de de este artículo, Vermes analiza la autenticidad de los pasajes de Flavio Josefo que mencionan a Juan el Bautista, Santiago el Justo y Jesús ubicándolos en contexto dentro de la obra de Josefo, y mostrando que es muy probable que los dos primeros sean completamente auténticos. El pasaje referente a Jesús es también auténtico, siempre y cuando se eliminen algunas interpolaciones creadas, posiblemente, por los copistas cristianos. (Primera parte aquí)

por Geza Vermes

Los tres pasajes aparecen en distintas secciones de las “Antigüedades”. La corta noticia acerca de Jesús viene primero, seguida por los relatos más largos de Juan y de la ejecución de Santiago. Dejando el polémico Testimonium para el final, examinaremos primero a Juan y a Santiago, tanto en su contexto en Josefo como en comparación con las fuentes cristianas correspondientes.

Juan el Bautista

En los Evangelios, Juan, un profeta eremita, predicaba el arrepentimiento y el bautismo en el desierto del Jordán. Fue el precursor de Jesús, su discípulo y sucesor en Galilea. Juan fue encarcelado y decapitado en ocasión del cumpleaños del gobernante de Galilea, Herodes Antipas, por desaprobar su matrimonio con Herodías, su cuñada. Josefo no menciona ninguna relación entre Juan y Jesús, ubica el lugar de ejecución de Juan no en Galilea, sino en Maqueronte (Mukawir), una fortaleza en la actual Jordania, y no conecta la caída de Bautista con su desaprobación de la unión entre Antipas y Herodías. Para Josefo, Juan era un personaje ejemplar, un “hombre bueno”, que “exhortaba a los judíos… a practicar la justicia para con sus semejantes y la piedad hacia Dios, y a entrar juntos en el bautismo”. Señaló, sin embargo, que Juan “enardeció” a sus seguidores al más alto grado con sus sermones. La palabra “enardecer” implica que era un predicador poderoso y ardiente, y como tal, capaz de encender una revuelta.

Por lo tanto, continúa Josefo, Antipas decidió “anticiparse y deshacerse de él antes de que su accionar condujera a un levantamiento”. El elocuente Juan fue visto por Antipas – así como Jesús por los sumo sacerdotes, se podría añadir, después de haber causado el caos entre los mercaderes en el templo – como una amenaza potencial al orden cívico. En consecuencia, ambos fueron eliminados.

Josefo incluyó la historia de Juan en su narración porque la aniquilación del ejército de Antipas por Aretas, el rey nabateo y padre de la esposa abandonada por Antipas para casarse con Herodías, fue interpretado por los judíos como una reivindicación divina que siguió muy de cerca al asesinato de Juan. No hay ninguna razón para sospechar aquí de una mano cristiana. El relato se adapta al estilo narrativo de Josefo y explica la tragedia tan bien como la anécdota del baile de Salomé, la hija de Herodías, exigiendo la cabeza del Bautista en una bandeja. Contra la versión del Evangelio, es de notar que Maqueronte, en la lejana frontera nabatea, sería un lugar bastante poco adecuado para una fiesta de cumpleaños real destinada a la nobleza de Galilea (Marcos 6:21).

Santiago, el hermano de Jesús

La autenticidad de la mención de Santiago es la menos discutible de las tres anécdotas. Josefo identifica a Santiago no como el hijo de “X”, sino como “el hermano de Jesús, a quien llamaban el Cristo”. Pablo también se refiere a él como “Santiago el hermano del Señor”. La atmósfera de la historia refleja la situación política en Jerusalén en el siglo I d.C., con los gobernadores romanos y los sumos sacerdotes judíos compitiendo constantemente unos con otros por el poder.

Para Josefo, el episodio de Santiago sirve para ilustrar la violenta carrera del sumo sacerdote Ananías. Ante el vacío de gobierno – el procurador Festo (60-62 d.C.) ya estaba muerto y el entrante Albino (62-64) todavía no tomaba posesión – Ananías intentó probar sus músculos políticos. Trajo a sus oponentes (Santiago “y algunos otros”) ante el Sanedrín y los condenó a ser lapidados por transgredir la ley. Los representantes de las clases dominantes que eran de mentalidad justa y estrictamente observantes – sin duda los fariseos que se oponían a Ananías y sus desalmados saduceos – se indignaron y apelaron al rey Agripa II. Agripa, a quien el emperador Claudio había concedido el privilegio de nombrar y destituir a los sumos sacerdotes, destituyó inmediatamente a Ananías, apenas tres meses después de su ascenso al poder.

La noticia de Josefo posee todas las apariencias de autenticidad. Carece de paralelismos en el Nuevo Testamento que podrían haber inspirado a un falsificador. Por otra parte, los Padres de la Iglesia Orígenes (185-254) y Eusebio (260-340) no sólo dan fe de la existencia del pasaje, sino también afirman que Josefo vió en la caída de Jerusalén un castigo divino por el asesinato de Santiago. Desafortunadamente, ningún manuscrito sobreviviente Josefo contiene tal declaración y su autenticidad es dudosa.

La tradición cristiana presenta una versión bastante diferente del asesinato de Santiago. Según Hegesipo, el cronista de la iglesia primitiva del siglo II, Santiago fue empujado desde el parapeto del templo, pero sobrevivió a la caída y la posterior lapidación.

Finalmente, fue golpeado hasta la muerte. El interés de Josefo está totalmente centrado en la mala conducta de Ananías y no tiene nada que decir acerca de las virtudes admirables amontonadas sobre la víctima por Hegesipo: Santiago “el Justo” fue santo desde su nacimiento, era abstemio y vegetariano, nunca se cortó el pelo o la barba ni se ungió con aceite ni tomó baños. Comparado con esto, la imagen sobria de Josefo parece tanto más creíble.

Como comentario final, la identificación de Josefo de Santiago como “el hermano de Jesús, llamado el Cristo” no hubiera tenido ningún sentido a menos que hubiera una mención anterior de Jesús en las “Antigüedades“. Es probable que el Testimonium Flavianum sea esta referencia previa.

Jesús

La historia de Jesús es presentada por Josefo como una de las cuatro fechorías que Josefo atribuye a Poncio Pilato, prefecto de Judea entre 26-36 d.C. El primero fue el ingreso de los estandartes romanos que llevaban la efigie del emperador a Jerusalén (26 d.C.). El segundo fue la apropiación indebida de fondos del Templo (fecha desconocida). La tercera fue la condena de Jesús (30 d.C.), mientras que el último fue el levantamiento en Samaria (35 d.C.), que llevó a la destitución de Pilato de su cargo.

En cuanto a la autenticidad del Testimonium, hay tres posiciones posibles:

  1. Uno puede aceptarlo en su totalidad, al igual que todas las autoridades antes del siglo XVI.
  2. Con los estudiosos más recientes, uno podría rechazar todo el pasaje como una interpolación cristiana.
  3. En compañía de un número cada vez mayor de estudiosos, es posible reconocer algunas partes como auténticas y desechar el resto como espurio.

Yo pertenezco al tercer grupo y argumentaré en favor de una autenticidad parcial. La evidencia textual – los manuscritos griegos de Josefo, la cita del pasaje en Eusebio, y las traducciones al latín, siríaco y árabe – no contienen variantes significativas. Por consiguiente, sólo el análisis histórico y literario pueden servir como filtro para separar lo auténtico de los elementos no auténticos. Reproduzco aquí Antigüedades 18.63-64:

(63) “Apareció por aquel entonces Jesús, hombre sabio, si es que debe llamársele hombre. Pues realizaba obras asombrosas y era maestro de personas que aceptaban con gusto la verdad, arrastrando tras de sí a muchos judíos y muchos griegos. Era el Cristo. (64) Y cuando Pilato lo condenó al suplicio de la cruz, tras ser acusado por los personajes más influyentes de nuestro pueblo, no dejaron de amarlo aquellos que ya antes lo amaban. En efecto, se les apareció vivo otra vez al tercer día, pues estas y muchísimas otras maravillas habían dicho de él los profetas de Dios. Y hasta el día de hoy no ha desaparecido la tribu de los cristianos, que de él ha recibido el nombre.”

Los pasajes cristianos, aquellos que no se pueden atribuir a la Judio Josefo, son fácilmente distinguibles.

  • La glosa: “Si en verdad uno debe llamarlo hombre”, es la reacción del interpolador a que al Jesús sobrehumano/divino se lo llama simplemente un “hombre sabio”.
  • “Él era el Cristo” es una confesión del interpolador cristiano de la condición mesiánica de Jesús. Sin embargo, el texto original debe haber contenido el epíteto “Cristo”, para dar cuenta de la declaración posterior de “la tribu de los cristianos” llamada así por el fundador. La versión original más probable es “Él fue llamado el Cristo”, como Josefo dice en el pasaje de Santiago.
  • La referencia a que Jesús atrajo a “muchos griegos” no cuenta con apoyo de los Evangelios. Sin embargo, si Josefo sabía de la iglesia mixta entre judíos y gentiles en Roma, pudo haber creído que existía una estructura similar en época de Jesús.
  • Las apariciones de la resurrección en el tercer día, junto con las profecías relevantes, son parte del arsenal apologético de la iglesia primitiva y no tienen nada que ver con Josefo.

Una vez que los suplementos cristianos se retiran, el pasaje original se reduce a la descripción de Jesús como “hombre sabio” y “hacedor de hechos asombrosos”, con el epíteto de “Cristo” adjunto al nombre de Jesús; la acreditación de la pena de muerte por Pilato , y la mención de la existencia de seguidores de Jesús en el momento de la redacción del Testimonium en los años ’90 d.C.

Tanto el “hombre sabio” como el “hacedor de hechos asombrosos” nos llevan al terreno de Josefo. Grandes personajes bíblicos y post-bíblicos como el sacerdote Esdras, el hacedor de milagros Honi-Onías (Hame’agel, el hacedor de círculos), y el líder fariseo Samaias son presentados regularmente como “hombres justos”, y Juan es llamado un “hombre bueno”. Más específicamente, el legendario rey Salomón y el profeta Daniel llevan el título de “hombre sabio”, y del milagroso profeta Eliseo se dice que realizó “obras asombrosas”. La noción de asombroso [gr. παράδοξος, ον] es comúnmente utilizada por Josefo en relación con los acontecimientos extraordinarios ocasionados por Dios (el maná o la zarza ardiente), y milagros realizados por Moisés (Ant. 3.37-38) y por el profeta Eliseo (Ant. 9.182).

Por el contrario, la frase “hombre sabio” no tiene paralelo en el Nuevo Testamento en referencia a Jesús y está muy lejos de ser un título honorífico que un falsificador cristiano elegiría para describir al Cristo divino. Tenga en cuenta que en Pablo “hombre sabio” tiene una connotación peyorativa (1 Corintios 1:18-31), y en un dicho de Jesús, “el sabio” es comparado desfavorablemente con los “niños” (Mateo 11:25, Lucas 10:21). Por otra parte, un interpolador cristiano presumiblemente utilizaría frases tomadas del Nuevo Testamento como “milagros” o “signos” en lugar del neutral “obras asombrosas”. El término se encuentra sólo una vez en el Nuevo Testamento en los labios de los testigos de un milagro del Evangelio (Lucas 5:26).

El hecho de que Josefo hace Pilato responsable de la crucifixión es muy significativo. Está perfectamente en línea con la actitud crítica de Josefo hacia el prefecto de Judea, el autor de una serie de actos terribles. Uno podría imaginar que un falsificador cristiano posterior trataría de exculparlo y echar la culpa de la muerte de Jesús a los judíos, al igual que el Nuevo Testamento y sobre todo la posterior tradición de la iglesia. Por último, la imagen de los seguidores de Jesús está en armonía con la actitud de un extraño, pero sería rara en el caso de un apologista cristiano.

El pasaje acerca de Jesús es un verdadero tour de force. Josefo hace el papel de un testigo neutral. Sabemos que cuando quería desaprobar a alguien sabía cómo hacerlo. En su descripción de dos pseudo-mesías, Teudas y “el egipcio”, ambos mencionados en los Hechos de los Apóstoles (5:36; 21:38), Josefo los llama “impostores”.

Así que al retratar a Jesús no sin simpatía, pero sin aceptar plenamente su causa, logró lo que ninguno de sus sucesores judíos antiguos pudieron hacer: esbozar una imagen no-partidista de Jesús. El Testimonium se encuentra a medio camino entre el retrato reverencial de la iglesia primitiva y las caricaturas del Talmud y de las vidas judías temprano medievales de Jesús (Toledot Yeshu).

En conclusión, el que parece ser un auténtico retrato de Jesús por Josefo lo presenta como un sabio maestro y hacedor de milagros, con entusiastas discípulos judíos que, a pesar de la crucifixión de su maestro por orden de Poncio Pilato con la complicidad de los sacerdotes de Jerusalén, permanecieron fieles a él hasta los días de Josefo.

Permítanme ofrecer el texto que creo que Josefo escribió. Las adiciones cristianas, identificados en el párrafo que sigue a la reproducción anterior de la traducción de Antigüedades 18.63-64, son suprimidos y se indican con […]. La dudosa autenticidad de la frase “[y muchos griegos?]” (véase el mismo párrafo arriba) se indica mediante el signo de interrogación. Por último, la palabra [llamado] se inserta en la oración “Era [llamado] el Cristo” sobre la base de la descripción de Josefo de Santiago como “el hermano de Jesús, llamado el Cristo”.

“Apareció por aquel entonces Jesús, varón sabio […] Pues realizaba obras asombrosas y era maestro de personas que aceptaban con gusto la verdad, arrastrando tras de sí a muchos judíos [y muchos griegos?]. Era [llamado] el Cristo. (64) Y cuando Pilato lo condenó al suplicio de la cruz, tras ser acusado por los personajes más influyentes de nuestro pueblo, no dejaron de amarlo aquellos que ya antes lo amaban […] Y hasta el día de hoy no ha desaparecido la tribu de los cristianos, que de él ha recibido el nombre.

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