Uso y abuso III

     En posteos anteriores aludía a la relación entre investigación crítica y reflexión personal. Hoy en día, para las personas creyentes, eso implica que algunas afirmaciones teológicas, a la luz del desarrollo y acumulación de conocimientos de las disciplinas que se dedican a los estudios bíblicos ya no se sostienen, y por lo tanto necesitan ser reevaluadas.

     Frente a las resistencias que puede despertar la afirmación anterior, es bueno recordar que esto ya ha ocurrido antes. Un buen ejemplo es el caso de Galileo Galilei y los problemas que tuvo con las autoridades religiosas de su tiempo por decir que la Tierra se movía alrededor del Sol. La afirmación de Galileo fue considerada herejía, se le acusó de contradecir al texto bíblico (por ejemplo, Jos. 10:12-13), y por tanto ser incompatible con la fe. Después de todo, lo que estaba en juego no era algo trivial, sino la noción de la inmovilidad de la Tierra, que Dios había puesto en el centro del universo; la incorruptibilidad de los cielos, postulada por Aristóteles y defendida por la tradición de la Iglesia; y el cómo se debía interpretar la Escritura: ¿para leer la Biblia acaso los teólogos tenían que preguntar antes a los astrónomos? La perfección de la Creación y la autoridad de la Iglesia, ni más ni menos. (1)

     Casi 400 años más tarde, no son muchos los que encuentran incompatible saber que la Tierra gira alrededor del Sol con adherir a alguna forma de cristianismo. Por supuesto, nuestro conocimiento del universo se ha incrementado mucho, y gracias a las leyes de Kepler y de Newton podemos predecir el movimiento de los astros del Sistema Solar y confirmar que ellos se mueven y no el Sol. Pero el proceso sobre el que quiero llamar la atención no es el conflicto entre ciencia y religión, sino a cómo la primera de hecho puede ayudar a modelar algunos aspectos de la segunda. En parte a causa del avance del conocimiento científico, las consecuencias teológicas del modelo heliocéntrico no son las mismas para nosotros que para las personas del siglo XVII. Esto porque evaluamos su importancia de forma distinta: ya no parece un punto tan central de la fe si la Tierra está exactamente en el centro del universo, por ejemplo. El cristianismo de hoy no es exactamente igual a ese cristianismo, ni al del siglo XII, ni al del siglo I a.C.

     El desafío en la actualidad, al igual que para las personas del siglo XVII (o del siglo I), es buscar a la fe personal un sentido que la conecte con nuestra propia época y forma de ver la realidad. Y no es casualidad que algunos digan que hoy estamos viviendo un “momento a lo Galileo” respecto a la controversia evolución v/s creacionismo, por ejemplo. Lo que parece claro es que rechazar la evidencias y apegarse a posturas tradicionales sólo por el hecho de ser tradicionales es, ante la fuerza de esas evidencias, cada más difícil e improductivo.

Notas:

(1) Shea, William y Artigas, Mariano, Galileo en Roma: Crónica de 500 días, Ediciones Encuentro (2003) pp. 67 y ss. (enlace en Google Books aquí)

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