Una nueva Reforma

     Así como la Reforma protestante del siglo XVI significó una transformación en el Cristianismo que dio origen a nuevas prácticas, interpretaciones y a una nueva relación con el texto bíblico, hoy en día se está gestando un proceso similar en donde muchas concepciones y convicciones deberán ser revisadas, corregidas o superadas; y lo que es más importante, frente al cual los creyentes no podrán simplemente cerrar los ojos y fingir que nada ocurre.

     Que el Cristianismo (o más bien ciertas formas de ser cristiano) se transforme no tiene nada de novedoso: desde sus orígenes, pasó de ser una secta del judaísmo, rural, en una región marginal, a ser una religión grecorromana urbana; soportó persecuciones, divisiones internas, y se transformó en la religión oficial del Imperio Romano y del mundo occidental, siempre a través de constantes cambios y adaptaciones que continúan hasta nuestros días, como muestra la enorme variedad de denominaciones y grupos cristianos de la actualidad. Pese a la reserva de algunos al hablar de cambio, la flexibilidad y la adaptabilidad son algunas de las características más notables del Cristianismo, y posiblemente unas de las razones más importantes de su éxito.

     La transformación que se viene está relacionada con el acceso a la información (característica de nuestra época) y, como la Reforma del siglo XVI, se apoya en un adelanto técnico: en ese entonces fue la imprenta, que permitió que la Biblia estuviera disponible para todos, punto central para la noción de sola scriptura; hoy es Internet. Durante los últimos dos siglos la Biblia ha sido intensamente investigada, miles de personas de distintos orígenes han dedicado sus vidas a intentar comprender y explicar sus distintos aspectos, pero hasta hace relativamente poco los resultados de esas investigaciones no eran conocidos fuera de los círculos de especialistas. Internet ha permitido cambiar esa situación, poniendo la información al alcance de muchas personas y a una velocidad impensada hasta hace algunas décadas. Y esto, en el contexto de la crisis de las instituciones y la religiosidad tradicional, se traduce no sólo en que cada vez más personas se interesen en descubrir lo que la historia, la arqueología y las ciencias sociales tienen que decir, sino en que intenten incorporar esos puntos de vista, para ellos nuevos, a su experiencia personal de lo religioso a través de nuevas interpretaciones y revisando ideas que antes apenas eran cuestionadas.

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