Uso y abuso II

“Al deísta puro le basta con una iluminación para creer en Dios. No para creer en el Dios de los cristianos. Porque el cristianismo [ya lo mencioné antes,] es por esencia una religión histórica, entiéndase bien, cuyos dogmas primordiales se basan en acontecimientos. Vuelvan ustedes a leer su Credo: “Creo en Jesucristo… que fue crucificado bajo Poncio Pilatos… y que al tercer día resucitó de entre  los muertos”. Ahí los comienzos de la fe también son sus fundamentos.”

Marc Bloch (1)

     En el posteo anterior aludí de pasada al tema de la relación entre pasado y presente en el campo de los “estudios bíblicos”, y sugerí su importancia, particularmente para el cristianismo. La cita anterior, del historiador francés Marc Bloch, resume en parte esa relación. Pero además, especialmente desde la Ilustración y su cuestionamiento a lo irracional y lo sobrenatural, la pretensión de historicidad de los eventos bíblicos (que los eventos que se narran realmente ocurrieron) es un elemento central tanto para defender la fe cristiana como para atacarla. Hasta hoy, muchos de los intentos en uno y otro sentido ponen excesivo énfasis en que sólo lo “histórico” es importante, ignorando lecturas menos literalistas de los textos, como por ejemplo los significados metafóricos. Y en esa verdadera batalla por apropiarse de la Historia, muchas veces se hace abuso de lo que ésta puede hacer y los argumentos que puede defender. El objetivo de este posteo es separar algunos elementos en esa discusión. Resumiendo mi postura, hay dos puntos que son importantes: primero, hay asuntos sobre los que la Historia no puede emitir juicio; pero, segundo, aquellos en los que sí puede, por la naturaleza misma del cristianismo, no pueden simplemente ser ignorados o pasados por alto por los creyentes.

     El primero tiene que ver con los límites de la cita inicial. Y es que si bien Bloch tiene razón al decir que el cristianismo es una religión histórica eso no significa que todas sus proposiciones sean comprobables históricamente. Para aclarar esto es necesario ponernos de acuerdo en qué es la Historia, y no conozco una mejor definición de la Historia, el estudio del pasado, que la que da el mismo Bloch: “la ciencia de los hombres en el tiempo” (2). Esta ciencia de los hombres utiliza todos los testimonios disponibles, materiales e inmateriales, para reconstruir y comprender el pasado y a los seres humanos que lo habitaron. Pero veamos qué pasa frente a la siguiente afirmación: “Jesús fue resucitado de entre los muertos por Dios” (por ejemplo, en Gálatas 1:1; 1 Tesalonicenses 1:10; Hebreos 13:20; 1 Pedro 1:21).

     Dentro del campo de acción que le es propio, la Historia no tiene manera de saber si Jesús efectivamente fue resucitado por Dios. ¿Acaso tiene acceso al pensamiento o a la actividad de ese Dios? Esa es una afirmación teológica, no una histórica. Y tan distintas son la teología y la Historia, que ésta última ni siquiera puede discutir el punto básico: la pregunta de la existencia o no de un Dios. Sería como pedirle a un músico o a un técnico que lo hicieran usando únicamente la música o la mecánica automotriz, por ejemplo. Simplemente no sirven para eso. Así que en cualquier caso que nos pongamos, exista o no exista Dios, la Historia no tiene las herramientas para pronunciarse respecto a él.

     Es verdad que se argumenta que hay testimonios que sí son pruebas históricas a favor de la resurrección: ¿acaso no sabemos lo que ocurrió porque existen los relatos de los evangelios, o el testimonio de Pablo en 1 Corintios 15? Uno de los problemas al considerar que esos pasajes sean evidencia histórica es que, para respaldar afirmaciones de fe, se mezclan arbitrariamente cosas que son distintas: un presunto acontecimiento (parte del trabajo de la Historia es verificar en lo posible si realmente ocurrió) y la interpretacion teológica de ese acontecimiento. Por ejemplo, en Hechos 2:32:

“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos”,

el presunto acontecimiento es una resurrección (punto que presenta otros problemas, como veremos en posteos futuros) y la interpretación teológica es que fue obra de Dios, naturalmente, lo cual ya argumenté que queda por definición fuera de las posibilidades de la Historia. Más propio del quehacer histórico es la referencia a Jesús, y sobre todo la segunda parte de la oración: “…de lo cual todos nosotros somos testigos”, que es la que propiamente nos conecta con el objeto particular de estudio de la “ciencia de los hombres”. Desde la Historia, lo que muestra esta cita es que en el siglo I, cuando Hechos fue escrito, había personas que creían que Jesús había sido resucitado por Dios. Pero no que un ser sobrenatural haya actuado sobre alguien llamado Jesús. Para hacer una afirmación de ese tipo es necesario hacer un salto a un terreno más allá del perteneciente a la Historia.

     Lo anterior es un problema para algunos creyentes que, por una parte, consideran que la verdad de aquello en lo que creen es absoluta; pero que, al mismo tiempo, buena parte de que sea verdad depende de que se pueda comprobar históricamente. Si se les argumenta que hay algo que no se puede comprobar, se frustran o lo consideran un ataque a su fe. Y si se demuestra que una afirmación histórica sobre la cual se apoya una afirmación de fe es falsa, entonces se impone la defensa a ojos cerrados del punto cuestionado, incluso  aunque sea secundario o irrelevante y haya buenas razones (por ejemplo éticas, o incluso teológicas) para por lo menos preguntarse porqué se sigue manteniendo. En ese caso la apelación a la Historia carece automáticamente de toda validez, aunque si por el contrario la Historia o la Arqueología parecen comprobar una referencia de un pasaje bíblico, por ejemplo, rápidamente recuperan su importancia y aprobación.

     Lo anterior nos lleva nuevamente a la cita inicial y al segundo punto mencionado: los resultados del conocimiento histórico, con todos sus problemas (limitado por la evidencia existente, siempre provisional y por tanto sujeto a corrección, y con especialistas obteniendo conclusiones diferentes acerca del mismo asunto incluso usando las mismas fuentes), son vinculantes para algunos puntos de doctrina cristiana. Es decir, la validez de esas doctrinas depende en buena parte de sus credenciales históricas. Una vez más, no me refiero a los de naturaleza principalmente teológica (como por ejemplo en “Jesús es el Hijo de Dios”), sino a aquellos que se basan en su pretensión de historicidad. Como algunas afirmaciones propiamente históricas sí pueden comprobarse o desmentirse, cuando la evidencia ya no la sostiene entonces es necesario reevaluar la pertinencia de esa afirmación de fe.

     Un ejemplo de cómo funciona este punto sería si se ampliara la doctrina de la inerrancia de la Biblia hasta afirmar que no sólo los originales de cada libro del Nuevo Testamento estaban libres de error, sino que, por obra del Espíritu Santo, todas las copias manuscritas que se hicieron a lo largo de los siglos también están libres de errores. Esa afirmación de carácter doctrinal no se sostendría a la luz de los manuscritos que se han conservado (unos 5.700 del texto griego del Nuevo Testamento, según una estimación reciente) (3) y la enorme cantidad de diferencias entre ellos (según algunos, entre doscientas mil y cuatrocientas mil) (4), diferencias muchas veces pequeñas, pero diferencias al fin. Si alguien lo propusiera, a través del conocimiento histórico se demostraría fácilmente que no es cierto, y sin siquiera tener que nombrar al Espíritu Santo.

     Por supuesto, hay casos en que no se demuestra automáticamente que la afirmación doctrinal no sea “verdad”, pero por lo menos ya no se podría seguir usando el argumento de la historicidad y, en caso de que esa pretensión de historicidad sea el único argumento para mantenerlo, como ocurre con muchas creencias recibidas por “tradición”, entonces ya no se sostiene. Todavía podría darse que no fuera reconocido o aceptado, como ocurre en muchos sectores conservadores. Pero, incluso dejando de lado la integridad intelectual, de lo que se trata finalmente no es de defender la fe o a Dios, sino a la persona o grupo a la que se le ocurrió dicha idea falsa. La pregunta es, ¿vale la pena defender a esa persona incluso contra los hechos?

Notas:

(1) Bloch, M. Apología para la historia o el oficio del historiador, Fondo de Cultura Económica. México D.F., 2001, p. 61.

(2) Ibíd., p. 26. “En el tiempo” implicando que su ámbito de acción son los continuos cambios en las sociedades humanas.

(3) Holmes, Michael “Reconstructing the Text of the New Testament”, en Aune, David (ed.), The Blackwell Companion to the New Testament, Wiley-Blackwell, 2010, p. 80. (enlace en Google Books aquí)

(4) Ehrman, Bart D. Jesús no dijo eso: los errores y falsificaciones de la Biblia, Editorial Crítica. Barcelona, 2007,  p. 117.

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